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Antes de elegir esta última isla como destino final de nuestra aventura a Hawaii, habíamos barajado terminar en Maui que, era más conocida y aparentemente nos ofrecía más descanso y relax. Pero fue leer unas pocas líneas sobre ella y terminar de decidirnos a utilizarla como la guinda de nuestro pastel Hawiano. ¡Allá vamos Isla Jardín!

Aterrizamos en Kauai cerca de la 1 de la tarde y, después de recoger el que iba a ser nuestro coche por unos días, fuimos directos al alojamiento situado en el distrito de Princeville, donde muchos famosos y millonarios tienen allí sus ‘casitas’ de vacaciones. Así que, mientras soñaba con cruzarme con Pierce Brosman desde nuestro Mustang descapotable, apenas me dí cuenta que ya habíamos llegado a nuestro destino. El alojamiento era un apartamento en la planta baja de una urbanización que tenía acceso directo al jardín comunitario con vistas al mar y que invitaba a quedarte allí durante horas disfrutando del entorno. Pero ¡no había tiempo que perder! Primero, porque nuestros estómagos nos estaban pidiendo un poco de ‘gasolina’ y segundo, porque queríamos acercarnos a conocer el faro de Kilauea.

Después de picar algo rápido, nos dirigimos al faro pero esta vez no tuvimos suerte. Ya habían cerrado y únicamente pudimos tomar alguna instantánea desde un mirador. Es una pena porque el entorno era precioso. Por algo actualmente se utiliza como refugio de vida silvestre.

Así que volvimos sobre nuestros pasos y nos acercamos a conocer nuestro pueblo vecino, Hanalei. Ese pueblo con aire surfero, sacado de cualquier escena de película norteamericana nos enamoró. Y desde ese mismo momento soñé con volver a ese lugar en mi vida futura. La playa estaba pegada al pueblo y tenía el típico muelle fotogénico que, supongo, ahora formará parte de la galería de muchos usuarios de Instagram 😉

Y por último, nos acercamos a Ke’e Beach a disfrutar de nuestro primer atardecer en la isla. Tuvimos suerte con el aparcamiento, porque obviamente no éramos los únicos que habíamos decidido sentarnos frente al Sol para verlo desaparecer :-). Y tengo que admitir que, nuevamente volvimos a enamorarnos por segunda vez en un día…

Día 2.

Después de desayunar en nuestra terraza con vistas, cogimos el coche para pasar una mañana haciendo Snorkel. Antes paramos por un pequeño mirador para disfrutar de los campos de cultivos de taro de Hanalei y las fantásticas vistas a la montaña. Es un lugar de paso en el North Shore y puede no ser uno de los mejores atractivos de la isla. Pero si eres de un lugar de secano, como nosotros, te quedarás maravillado igualmente 🙂

Cuando llegamos Tunnel Beach y posamos nuestras toallas a la sombra, nos encontramos con la primera sorpresa del día. Allí tumbada, tomando el sol y ajena a nuestras miradas, se encontraba una foca monje – el último animal marino que esperábamos encontrarnos allí. La dejamos descansando y respetando su intimidad y nos fuimos a por los tubos y las gafas para sumergirnos en el agua. La playa de Tunnel Beach o, al menos, la zona donde nosotros estuvimos, no es apta para ir a remojarte sin más. En el momento en que te sumerges y a tan solo unos pocos metros de la orilla, el coral y la profundidad hacen acto de presencia. Y donde hay coral hay peces, y ¡muchos!. Así que imaginad nuestra emoción de poder compartir espacio con ellos. Pero la mañana nos tenía reservada una sorpresa más: de nuevo, volvimos a ver una tortuga nadando cerca de nosotros y el tiempo allí, sumergidos, simplemente fue perfecto.

Por la tarde teníamos reservada la «turistada» del viaje, pero que no podíamos dejar de hacer estando allí: Ir a ver un espectáculo de Luau. Un luau, es una fiesta a la vida y puede llevarse a cabo por diversas razones como cumpleaños, buenas cosechas o graduaciones entre otros. Como nosotros no teníamos familia o amigos allí para celebrarlo en una casa, nos acercamos junto con otros turistas a Smith Family Garden Luau. Allí vimos cocinar un cerdo kalua en un horno bajo tierra y después lo degustamos acompañado de diversos platos. Por último, y con un mai tai en mano, disfrutamos del espectáculo de danza tradicional; Algo totalmente exótico para nosotros como lo es para ellos cenar en un tablao de flamenco en España, jeje.

Día 3.

Teníamos una jornada intensa por delante. Ese día montaríamos en una avioneta y sobrevolaríamos la isla. Nuestro objetivo, no era otro que sobrevolar la costa Napalí que se hizo muy conocida por la película Jurasic Park. Pero poder tener la oportunidad de disfrutar a vista de pájaro de la impresionante naturaleza que nos regala la isla jardín, fue una experiencia muy top que nunca olvidaremos. Contratamos el vuelo con la empresa Air Ventures cuya duración fue de 70 minutos. Pero mejor que describirlo, juzgad por vosotros mismos con las instantáneas que pudimos tomar, porque no dejan indiferente a nadie. Tuvimos suerte, fue un vuelo tranquilo sin los sobresaltos que implica volar en una avioneta pequeña, así que la ausencia de mareo nos hizo disfrutar aún más de la isla desde las alturas.

Al atardecer volveríamos a la costa Napalí, pero esta vez por mar. Así que antes aprovechamos para conocer un poco Waimea Cayon State Park desde uno de sus miradores. No la exploramos en profundidad por falta de tiempo, pero sin duda, debe ser otra de las experiencias inolvidables de la isla.

Teníamos que hacer el check-in del barco que cogeríamos en Port Allen a las 3 de la tarde. Después de una serie de controles rutinarios, embarcamos y zarpamos para bordear la costa Napalí, intentar avistar delfines, degustar comida típica del lugar y beber muchos mai tais :-).

Realmente esperaba encontrarme con menos turistas en el barco, pero esta circunstancia no impidió que disfrutáramos de un tranquilo crucero lleno de sorpresas porque, efectivamente, los delfines aparecieron y nos acompañaron durante un buen rato, y la puesta de Sol fue simplemente espectacular. Resulta increíble que pudieran habitar esa costa tan escarpada, polinesios y Tahitianos durante cientos de años. De hecho, La exploración de Nu ‘Alolo es sólo accesible en barco y con permiso previo, para poder conservar lo que un día fue el lugar donde habitaban los antepasados hawiaianos.

Día 4.

Necesitábamos descansar y reponer fuerzas después de un día anterior lleno de emociones. Así que decidimos quedarnos por la zona. Volvimos a Tunnel Beach por la mañana, degustamos una de las famosas hamburguesas Bubba Burger de camino al apartamento y, por la tarde, nos acercamos a la playa de Hanalei, a bañarnos en sus aguas cristalinas y con cero oleaje.

No queríamos perdernos un nuevo atardecer en la isla desde otra perspectiva y los alrededores del lujoso Princeville Resort, nos pareció una buena ubicación. Por la noche, cenamos en the Dolphin Restaurant exquisiteces hawaianas acompañadas de un Mai Tai, que ya habréis podido comprobar fue un imprescindible allí cada vez que salíamos a tomar algo.

Día 5.

Nuestro último día en la isla lo habíamos reservado para conocer el sur y una de sus playas más famosas: Poipu Beach. Y ¡vaya que si era famosa! Acostumbrados a la tranquilidad de Tunnels Beach, esta playa nos pareció más concurrida de lo normal, pero hacer snorkel allí fue igual de satisfactorio que nuestras experiencias anteriores y, pudimos nadar junto a distintas especies marinas. Allí vivimos un momento «cómico»: descansamos en la arena junto con un pollo salvaje, sí como lo leeis, jajajaj. Y es que, al parecer, cientos de ellos campan a sus anchas por la isla y su existencia y supervivencia es estudiada desde hace años por científicos.

Después de comer nos fuimos a conocer el pueblo de Koloa. Tan pintoresco como histórico a partes iguales, ha conservado gran parte de su encanto y dimos un paseo super agradable. No queríamos irnos de allí sin degustar uno los deliciosos helados de Lappert, que francamente, estaban espectaculares.

Por cierto, La puerta de entrada a la zona de Koloa está precedida por túnel de eucaliptos plantados por primera vez hace un siglo, que hacen que el lugar parezca un túnel del tiempo que nos traslada hacia el lugar donde se estableció la primera fábrica de azúcar en 1835. Y ya de vuelta a Princeville, hicimos alguna parada en ruta para despedirnos de los paisajes que Kauai regala a sus visitantes. Una ellas fue la cascada Opaeka, de tan fácil acceso que puede verse desde la carretera, así que no había excusa para no pérdersela 😉

Nuestro último atardecer en Kauai lo hicimos desde los jardines de nuestra urbanización, con copa de vino en mano y poniendo todos nuestros sentidos en hacer inolvidable el momento.

Y bueno, aquí acaba nuestro diario de Hawaii, nuestro último destino antes de que Mario llegase a nuestras vidas y ese lugar con el que soñamos volver para redescubrirlo con otros ojos. ¿Alguien se anima?

M A H A L O

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