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Octubre 2019. ¡Ya tenemos destino para el verano 2020! Nos vamos a Islandia. Ruta marcada, apartamentos reservados y vuelos comprados. Nunca nos habíamos anticipado tanto, pero teníamos que decidir dónde alojarnos y la hoja de ruta a seguir. Así que nos liamos la manta a la cabeza y ya sólo quedaba esperar….

Casi dos años después, cumplimos ese sueño. Eso sí, alojamientos diferentes y ampliamos la ruta dos días más. Una pandemia da para mucho…Parece que, al fin, podríamos conocer la Tierra de Hielo y Fuego. ¿Nos acompañáis?

DÍA 0. ATERRIZAMOS EN LA TIERRA DE HIELO Y FUEGO

Volamos con Iberia, y la salida era a última hora del día. Esperando en la fila para facturar nos llamó el personal de Tierra para revisar que toda la documentación estaba en orden. Test de Antígenos: negativos, QR de vacunación completa: lista, QR del visto bueno al formulario que completamos para las autoridades islandesas: ni lo miraron. Nos pusieron un sello para justificar que todo estaba en orden y ya estábamos listos para entregar las maletas. Esperando ya a embarcar nos comunicaron que preparáramos tarjeta de embarque y pasaporte. ¿Cómo? Sólo llevábamos el DNI. Óscar y yo nos miramos. Estábamos seguros que para viajar a Islandia (pese a no pertenecer a la UE) no era necesario. Con el susto en el cuerpo me dirijo al empleado de Iberia y me confirma con una sonrisa que efectivamente estábamos en lo cierto…Uff…en serio…Ahora escribiendo estas líneas me río, pero os juro que mi mano temblaba cuando confirmé a Óscar que podíamos volar, jajajaj.

El vuelo resulta ser muy tranquilo. El avión no va al completo y enseguida echamos una cabezadita. Estábamos casi llegando a Keflávik cuando vi que la gente que estaba sentada al otro lado del pasillo miraba con sorpresa hacia las ventanillas. Levanté la cabeza y ¡ahí estaba! El volcán Fagradalsfjall muchos metros más abajo, mostrándonos su mejor cara: esa de color rojo, naranja y amarilla que tanto sorprende a los terrícolas. Woww! Una pena que estuviéramos en el lado equivocado.

Cuando llegamos al aeropuerto de Keflávik apenas había gente: ventajas de llegar a la 12 de la noche😊. Las maletas tardaron bastante en salir y temíamos una larga espera en el control Covid. Pero no fue así. Sin apenas darnos cuenta llegamos a la ventanilla, nos pidieron el QR del formulario que completamos y ni siquiera nos solicitó el resultado del test de antígenos. What? Bueno, sigamos y ¡a por el coche!

Bluecar Rental fue la agencia donde reservamos un Toyota Rav 4X4. Lo de 4X4 no es porque esperáramos meternos por las archiconocidas carreteras F. Pero nos asegurábamos ir con tranquilidad si Google maps nos hacía alguna mala pasada, jejeje. Esta agencia no está en el mismo aeropuerto y ya nos había indicado de antemano donde localizarles. Nos desorientamos un poco, pero preguntamos a una operaria del aeropuerto y en unos 7 minutos ya estábamos en el ‘locker’ recogiendo las llaves del que iba a ser nuestro coche durante 12 días.

No recuerdo la hora que era, pero no nos sentíamos cansados. Volvíamos a sentir esa sensación de libertad, de poder pisar un país y una cultura diferente. Y, de hecho, me dio muy buenas vibraciones.

Conectamos el GPS para que nos llevara a nuestro primer alojamiento: Un hotel muy cerca del aeropuerto llamado B&B Keflávik Airport Hotel. Pero Islandia ya nos tenía reservada su primera sorpresa: La vista del volcán en erupción nos acompañó durante todo el camino. De hecho, paramos a sacarle una foto. Sabíamos que no reflejaría exactamente lo que nuestras retinas veían en ese momento. Pero teníamos que compartirlo. Cuando llegamos al hotel y nos asignaron habitación, los ventanales también nos seguían mostrando el volcán. Emocionados por el recibimiento, nos metimos en la cama. Al día siguiente comenzaba nuestra aventura y no podíamos haber tenido un mejor comienzo 😊

Parada en la carretera para inmortalizar el momento volcán

DÍA 1. KEFLÁVIK-REYKIAVIK

Teníamos reserva a primera hora en la archiconocida Blue Lagoon. Habíamos oído de todo: que si es muy turístico, que si está saturado dependiendo del tramo horario en el que estés, que si es caro. Bueno, no voy a negar que es turístico, porque sí lo es, y ni que es caro (que también lo es). Pero nos apetecía hacerlo y punto. No vimos aglomeraciones. De hecho, entramos sin hacer cola. Nos dieron una pulsera que nos daría acceso a nuestras taquillas, una mascarilla de sílice y una bebida. Los vestuarios estaban muy limpios y tenían todo lo que necesitaras. Y una vez fuera, me encontré con los chicos que se acababan de sumergir en las aguas turquesas. Fue un placer comenzar el día allí. Apenas había gente, pero oímos mucho acento norteamericano – parecía que nos habíamos teletransportado a USA, jajaja. Y disfrutamos como niños desplazándonos y averiguando donde estaba el agua más caliente. Los niños menores de 12 años no pagan y no tienen acceso a bebida salvo que lo pagues, pero te proporcionan vasos para que los llenes de agua en ciertos puntos que hay repartidos por la laguna. Así que, si nos preguntan lo recomendaríamos. Por supuesto que hay piscinas, ríos o lagunas en muchos puntos del país. Pero nosotros no nos habíamos preparado esa parte y nuestra opinión, en este sentido es totalmente subjetiva 😊

Habíamos planificado que nuestra siguiente parada fuera el Area Geotermal Krysuvik. Pero unos días antes ya sabíamos que el volcán había vuelto a activarse y no queríamos dejar pasar la oportunidad de acercarnos un poco más a intentar verlo.  Unos españoles que vivían allí, tenían muy bien especificado en su blog qué camino seguir y dónde poder dejar el coche. También nos informamos a través del perfil de Instagram @Nature.Iceland para confirmar si era posible y nos indicaron la misma ruta. En este caso, haríamos la C, que era más sencilla que la B.

Cuando llevamos a uno de los aparcamientos habilitados había bastantes coches. Ya nos habían avisado que estos terrenos están en zona privada y, por tanto, eran de pago. Había un cartel con un código QR que te dirigía a la web donde poder hacerlo. Y ¡comenzamos la ruta!

Era un camino ancho y sencillo. Había gente, pero sin aglomeraciones. En el primer desvío te indicaban bajar hacia la piscina de lava, pero preguntamos a unas personas que venían de regreso y nos dijeron que siguiéramos por otro camino. Mario comenzó a quejarse y cuando ví la siguiente subida que nos esperaba, comencé a dudar si seguir o no. A priori, parecía sencilla y sin mucho desnivel, pero a medida que nos acercábamos las quejas del enano fueron en aumento y decidimos que Óscar continuara el camino y nosotros le esperaríamos allí sentados disfrutando del espectáculo de la lava solidificada a nuestra izquierda, y del mar a nuestra derecha. En la espera conocí a una americana muy simpática que estaba dibujando el paisaje y también había decidido quedarse sentada en lugar de continuar, así que apenas me dí cuenta del tiempo que había transcurrido cuando apareció Óscar. No había llegado hasta el ‘último’ punto donde el volcán muestra todo su esplendor. No quería hacernos esperar más, pero lo que vió no le dejó indiferente. Un espectáculo de 10. Es verdad que nosotros ya habíamos disfrutado de algo similar en la isla de Hawaii, pero cada lugar es único.

Volvimos andando por el mismo camino y ya era la 1 de la tarde cuando llegamos al aparcamiento. Allí nos agenciamos unos merecidos perritos calientes en una foodtruck estratégicamente colocada, jajaja y nos fuimos felices a nuestro coche rumbo a Reikiavik.

TIP: La página oficial para informarse acerca del estado del volcán y las posibles rutas abiertas es https://safetravel.is/euruption-in-reykjanes.

Reikiavik, además de ser la capital de Islandia es la ciudad más poblada y lo notamos en el tráfico. A ver…que cuando hablo de tráfico no me refiero al de Madrid, pero haberlo lo había 😉. Nuestro apartamento estaba en el centro y fuimos a hacer el checking en un hotel cercano. ¿Primeras impresiones? Un coqueto alojamiento de aires nórdicos que nos recordó mucho al de Finlandia y con vistas a la famosa iglesia Hallgrímskirkja. Así que no podíamos pedir más. Tampoco teníamos tiempo que perder y una vez orientados y hecha la compra para el desayuno de los días siguientes en un Bonus cercano, salimos a explorar la ciudad.

Sus casas de colores, su ambiente festivo típico de un domingo por la tarde y su tranquilidad, nos cautivó. La temperatura era muy buena y la gente local había salido rauda y veloz a tomarse una cerveza o lo que surgiera, en las terrazas. Paseamos por sus calles, nos acercamos al lago que en invierno se congela y se patina sobre el (algún día…) y nos fuimos en búsqueda de la famosa escultura Viajero del Sol. Cuando llegamos allí estábamos agotados, era relativamente pronto para cenar, pero decidimos adaptarnos al horario europeo y a las 7 estábamos sentados en una mesa del Hard Rock Café de Reikiavik. Y es que ya sabéis que allá donde hay uno, unos servidores no pueden dejar pasar la oportunidad de ingerir calorías en la famosa cadena y hacerse una foto para el recuerdo 😊.

Un día más agotados y emocionados (me repito y lo haré muchas veces a lo largo del relato, jajaja), volvimos al apartamento a descansar. El día 2 nos esperaba.

DÍA 2. CÍRCULO DORADO

Hoy nuestro destino era el famoso Círculo Dorado. Llegamos pronto a nuestra primera parada, pero el parking estaba a rebosar y no os quiero contar cómo estaba la plataforma-mirador de gente…Obviamente coincidimos con varios autobuses y la situación nos decepcionó un poco. Dimos media vuelta y nos dirigimos raudos y veloces hacia el camino que discurre entre las placas tectónicas americana y europea y poco a poco, esa aglomeración inicial se fue dispersando para nuestro gran alivio. Caminar entre dos placas es algo que pocas veces puedes hacer pero, para seros sincera, iba más preocupada por evitar las masificaciones que disfrutar de ese momento único: Error. Pero bueno, ni que decir tiene que, a medida que avanzábamos por el camino fuimos saboreando más el lugar. La cascada de Buarfoss nos decepcionó un poco. No nos pareció nada especial así que no estuvimos mucho tiempo allí y volvimos sobre nuestros pasos en busca de la primera iglesia construida en Islandia. Ese camino lo hicimos prácticamente solos y disfrutamos del paisaje y de la panorámica de las fallas casi en exclusiva, jejej – ese era el país que me esperaba. El entorno donde se encontraba la iglesia y el cementerio era idílico e invitaba a quedarse. De verdad, que mereció mucho la pena pasear hasta allí. Con esa estampa, el PN de Thingvellir nos había enamorado.

Volvimos al aparcamiento para poner rumbo al archiconocido Geysir. Sabíamos que iba a ser la atracción del día para Mario y no nos equivocamos. Esta maravilla de la naturaleza escupía vapor de agua aproximadamente cada 5 minutos y la altura que alcanzaba era increíble. El pequeño no soltó el disparador de la cámara durante el tiempo que estuvimos allí. ¡Fue una experiencia muy chula!

Después, nos dirigimos hacia la cascada de Gullfoss. Damos fé cuando dicen que es uno de los lugares más visitados en Islandia y, no solamente por la cantidad de gente que había allí, sino por lo espectacular de la caída. Primero la vimos desde su parte alta y después bajamos a dejarnos sorprender. El camino que lleva a la cascada se siente cada vez más fresco y como hacía un tiempo estupendo, agradecimos que la bruma nos mojara – me recordó a nuestro paso por Iguazú, salvando las distancias, claro 😉. El cañón hacia donde se dirigía el agua, me pareció espectacular y me habría quedado horas allí disfrutando del paisaje…

Era el momento de llenar nuestros estómagos y comimos allí mismo, en la tienda autoservicio que se encontraba en el parking.

De vuelta a la carretera, nos saltamos del planning la catedral de Skálholt y fuimos derechos al Cráter Kérid. Hacía un sol espléndido y no había demasiada gente. Desde arriba las vistas eran de quitar el hipo. Los colores del agua en el cráter en contraste con el tono rojizo de la tierra, lo hacían parecer de otro planeta. Pero desde abajo disfrutamos de un momento único y en silencio. Y es que no todos los días se sienta uno en un cráter de 3000 años de antigüedad.

Así dimos por terminado nuestro paso por el Círculo Dorado que fue de menos a más y que no dudamos en recomendar, pese a ser lo más concurrido del país.

De regreso a Reykiavik volvimos a dar un paseo por el centro y cenamos en un italiano. Nada que destacar aparte de deciros que nunca habíamos probado un tiramisú tan regulero y ¡tan caro!, jajajaj

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On the road

DÍA 3. REYKIAVIK-VIK

Llegó el momento de despedirnos de esta acogedora y preciosa ciudad y comenzar nuestra ruta por la Ring Road en dirección contraria a las agujas del reloj. De nuevo, amaneció soleado y viendo que disponíamos de tiempo, paramos en un pequeño pueblo llamado Hveragerdi. No es el lugar más turístico de Islandia, pero nos pareció curioso pisar un pueblo que tiene debajo una auténtica bomba de relojería. Llegamos al Centro geotermal: Habíamos leído que era gratuito pero no lo fue. Nos preguntaron si queríamos añadir a la compra de la entrada, un huevo para cocerlo allí mismo, jeje. El lugar estaba lleno de fumarolas y, así, sin esperarlo, la explosión de un Geiser nos hizo recordar donde nos encontrábamos. ¡Alucinate! No teníamos ni idea de que hubiera uno allí y fue una gran sorpresa. Obviamente tampoco sabíamos la frecuencia con la que expulsaba el vapor de agua y estuvimos esperando un rato para volver a disfrutarlo, pero la naturaleza es caprichosa y nosotros poco pacientes. Así que, terminamos nuestro pequeño paseo por el centro y volvimos al coche. Antes de abandonar este curioso pueblo paramos en una panadería a comprar un pan que, dicen, lo hacen con el mismo calor que desprende el subsuelo y un muffin que nos hizo ojitos.

En teoría, nuestra siguiente parada era Selfoss. Realmente era una parada técnica para comprar algo de comida en un Bonus pero no abrían hasta las 11 y tendríamos que hacer tiempo así que decidimos seguir avanzando y ya encontraríamos otro supermercado en Vik, nuestro destino final del día.

Continuamos hasta Urridafoss. Esta cascada no es muy conocida y, quizás, la más prescindible de la ruta del día. Había varias personas pescando salmón y trucha y nos habría encantado verlos saltar contracorriente, pero no fue el caso. Después de la foto de rigor, nos dirigimos hacia la siguiente cascada: Seljalandsfoss.  Ya, desde la carretera se distingue claramente y, a medida que te vas acercando das fe de su gran altura. Había bastantes coches en el parking (de pago) y algún autobús. Coincidir con un autobús ya sabéis que significa no disfrutar del lugar como se merece pero, la verdad, es que a medida que nos íbamos acercando a esta maravilla de la naturaleza, no nos pareció que hubiese demasiada gente. Aquí sabíamos que llevar pantalones para el agua y chubasqueros nos iba a salvar de salir empapados, así que no dudamos en ponérnoslos a pesar de que hacía un tiempo estupendo. A medida que nos fuimos aproximando a la cascada, el lugar me pareció realmente mágico y pasar por detrás de ella fue una experiencia de cuento en la que una servidora volvió a convertirse en una niña. Islandia, nuevamente, volvía a sorprenderme.

Cuando terminó nuestra aventura allí, nos dirigimos andando a otra cascada muy popular: Gjúfrabui. Está escondida en una cueva y, acceder a ella no es difícil, aunque hay que ir con cuidado para no meter tus pies en el agua. Además, tampoco la ves en solitario (como ninguna cascada del país en pleno agosto, claro 😊) y el camino es bastante estrecho. Por cierto, tampoco estás exento de pegarte un buen remojón, así que el chubasquero y los pantalones de lluvia también ayudan. El lugar es precioso así que andar 500 metros ida y vuelta desde la primera cascada, bien merecen la pena.

¡Hoy el día iba de cascadas! Dejamos aquél mágico lugar para conocer Skógaffoss que, también se ve desde la carretera y es impactante. Los tres, salimos muy decididos del coche, sin chubasqueros ni pantalones de lluvia ¿para qué? Y cuando nos acercamos a sus pies tuvimos que recular, jajajaj. Oscar se acercó más para sacar una mejor instantánea de esta otra maravilla de la naturaleza. También podías subir 400 escalones y acercarte a su parte más alta. Mario se negaba a hacerlo y decidimos que subiría yo, en solitario, mientras que los chicos buscaban una mesa de picnic para comer. Cuando llegué arriba, no sabía si las piernas me temblaban del esfuerzo o del vértigo. Así que hice unas fotos como pude además de disfrutar de una fantástica panorámica que te deja sin aliento (y nunca mejor dicho, jajajajaj).

Cuando llegué abajo, comimos en una mesa con vistas de lujo. Y nuestro menú, un sándwich de pan islandés con embutido made in Spain y el muffin que nos hizo ojitos en la mañana… ¿Mejor? Imposible.

Nuestra última parada antes de llegar a nuestro alojamiento en Vik fue subir al acantilado a divisar el arco Dyrhólay. Cuando llegamos a la dirección que nos había marcado el GPS, nos encontramos con muchísimos turistas con cámara y objetivo en mano apuntando hacia un lugar como si de un famoso se tratara. Pero no, no era ninguna estrella de Hollywood: se trataba de frailecillos descansando en los acantilados y desplazándose de un lugar a otro en busca de comida. Fue un verdadero espectáculo ver estos curiosos animales boreales tan cerca. Sin duda, se ganaron nuestros corazones. Eso sí, del arco, ¡ni rastro! Estuvimos mirando opciones para ver cómo podíamos dirigirnos hacia el faro desde donde, en teoría, se veía el arco, pero sólo vimos una carretera en obras y desistimos de acercarnos al lugar. Luego, he visto que otros viajeros sí han podido acercarse hasta allí, pero andando desde el único parking habilitado, así que queda dicho 😉

Nuestro alojamiento estaba a 3 minutos en coche de la playa de Reynisdrangar. Decidimos ir primero a uno de los lugares más turísticos de la zona y luego así poder descansar. En la misma playa se encuentra la cueva de Hálsanefshellir y, para ser sincera, tenía unas expectativas muy altas del lugar. Las fotos que se muestran en las redes sociales parecen sacadas de un documental, pero la realidad es que estaba llena de gente queriendo sacar ‘la foto’. No hay duda de que la panorámica que ofrece el lugar es impresionante y las rocas basálticas de la cueva no dejan indiferente a nadie. De hecho, los famosos ‘tres trolls’ sorprendidos por el amanecer, le dan un aspecto mágico. Pero, no fue nuestro top de la isla, ni mucho menos.

Volvimos sobre nuestros pasos al alojamiento que teníamos para esa noche y sin duda fue amor a primera vista. Las vistas que nos regaló de la playa de Reynisdrangar y del entorno fue algo único. Por la noche salimos a tomar unas instantáneas al pueblo de Vik y de su iglesia tan fotogénica y aprovechamos para cenar en un restaurante muy bien valorado en Tripadvisor y que nos recomendó la recepcionista: Sudur-Vik. Por fortuna habíamos reservado y degustamos una cena estupenda con un pescado de calidad y a precio no relativamente caro para lo habitual en Islandia.

Acabamos el día disfrutando de un largo atardecer de verano desde la ventana de nuestro alojamiento y nos despedimos de una jornada, de nuevo, sorprendente.

DÍA 4. VIK-SKATAFELL

La mañana de nuestro cuarto día amaneció nublado y teníamos previstas dos paradas antes de llegar a uno de los puntos fuertes del viaje: Los Glaciares.

La primera, fue en un extenso campo de lava que se creó con una de las mayores erupciones que la historia haya registrado. Aparcamos en un apartadero y nos alejamos un poco por un sendero. Realmente era increíble. La extensión de lava cubierta de un musgo de color característico parecía no tener fin. Me permití tocarlo y el tacto se asimilaba a la lana. Nos hicimos unas cuantas fotos en esa inmensidad casi apocalíptica y volvimos sobre nuestros pasos hacia el coche.  La siguiente parada que teníamos marcada en nuestro GPS era el Cañón de Fjadrárgljúfur. Salimos de la R1 y seguimos por un camino de ‘cabras`. Llevábamos un 4×4 y nos dio cierta seguridad avanzar por allí pero delante nuestro iban coches diminutos que llegaron al parking sin problema. Una vez aparcados nos dirigimos hacia el primer mirador y ya, desde allí, intuimos que el lugar no nos dejaría indiferentes. El cañón tiene 100 metros aproximadamente de profundidad y 2km de largo y, se cree, que se formó en la última Edad de Hielo. Había varias personas volando drones: Seguramente su visión desde las alturas tiene que ser aún más sorprendente. Llegamos hasta el último mirador que nos mostró unas vistas de vértigo y como el sendero no era circular, bajamos hacia el parking por donde habíamos llegado. Nuevamente abandonamos el lugar, sorprendidos por el descubrimiento.

TIP: hasta el parking del Cañón de Fjadrárgljúfur llegan también autobuses y no hay demasiado espacio. Por lo que os recomiendo encarecidamente evitar horas punta.

Luego, teníamos marcada en nuestra guía el pueblo Kirkjubaejarklaustur. Sus vistas desde la carretera eran muy llamativas pero una vez en el pueblo no había nada que destacar al igual que Kirkjugólf: un monumento natural de columnas basálticas totalmente prescindible. Aprovechamos a comer en una gasolinera del pueblo. Era hora punta, pero nos hicimos hueco y nos zampamos unas hamburguesas para coger fuerzas y seguir nuestro camino.

Avanzamos unos kilómetros y enseguida nos encontramos con la cascada de Foss a Sidu Golf que se veía perfectamente desde la carretera. Y unos metros más allá paramos en un pequeño parking para conocer otro monumento natural protegido y que esconde historias de la mitología muy popular entre los islandeses. Nos encontramos con un lugar bastante extraño y del que, seguro sólo los nacionales entienden su significado. ¿Prescindible? Pues no sabría que decir. El hecho de recorrerlo solos y de lo peculiar de las formaciones, quizás sume puntos para hacer una parada corta.

Volvimos al coche y unos kilómetros más allá…¡MAGIA! ¡Glaciares a la vista! Nunca habíamos visto tanta lengua de glaciar junta. Creo que es una de las mejores carreteras panorámicas que hemos recorrido. Fuimos haciendo paradas rápidas para sacar instantáneas de cada lugar y asimilar lo que teníamos antes nuestros ojos. No podíamos dejar de cerrar nuestra boca, sorprendidos por el espectáculo.

Nuestro hotel se encontraba muy cercano a la lengua de uno de esos glaciares, pero lo pasamos de largo para conocer Diamond Beach y la famosa laguna de Jokurlasson. En teoría lo teníamos planificado para visitar al día siguiente, pero aprovechando que hacía buen tiempo y era pronto no nos importó hacer unos kilómetros más y desandar el camino para volver al hotel. Nos pareció ver cerrado el parking más cercano a la playa de los diamantes y seguimos unos metros más allá donde había habilitados otros dos aparcamientos, uno a cada lado de la carretera. Pero claro, desde allí no era lo mismo y pudimos comprobar que otros coches se ‘saltaban’ el cartel de prohibido del primero. Decidimos acercarnos a la Laguna de Jokurlasson: Estaba nublado, y el azul turquesa tan característico del lugar, no se apreciaba demasiado. Aún así, su inmensidad no dejaba indiferente a nadie. Estuvimos un largo rato viendo desplazarse los inmensos icebergs hacia el mar. La laguna es muy muy turística, pero tan fotogénica y fascinante que no puedes parar de hacer fotos. En ese momento, uno no es consciente que aquello que te está dejando maravillado es consecuencia de un cambio climático más que visible…

Volvimos hacia el coche y decidimos probar suerte con esa señal de prohibido que los coches se saltaban. Sí, no es lo más correcto. Pero no podíamos perder la oportunidad de acercarnos a la playa más curiosa que hayamos visto nunca; Esa en la que bañarte es lo último que te apetece y en la que puedes tocar bloques de hielo de miles de años de diversos tamaños y formas. Sin duda, es un lugar en el que el tiempo se congela.

Volviendo ya hacia el hotel, paramos en el Glaciar Fjallsárlón. Habíamos leído que era bastante menos turístico y dimos fe de ello. Apenas había gente y la laguna que se había formado era más pequeña y de un color marrón bastante menos fotogénico. También había bloques de hielo flotando en una de las orillas y no es de extrañar que a muchos viajeros les parezca más auténtico y singular.

Llegamos al hotel Skaftafell que, a primera vista, no nos pareció nada del otro mundo. La habitación era pequeña y necesitaba una renovación con urgencia, pero las vistas desde el alojamiento compensaban y superaban con creces todas nuestras expectativas. Óscar se fue a explorar la zona porque había un sendero que se acercaba a la lengua del Glaciar y a su vuelta se premió con unas cervezas con vistas desde la terraza del bar. El resto del equipo no dudamos en acompañarle y pasamos un rato muy entretenido hasta que la bajada del sol se hizo presente y, con ello también, la bajada de las temperaturas 😉

DÍA 5. Skaftafell-Hofn

Desayunamos en el restaurante del hotel y pusimos rumbo al P.N Skaftafell que se encontraba a escasos kms de allí. Una gran ventaja, teniendo en cuenta que teníamos margen para visitarlo a primera hora de la mañana. Debíamos decidir qué ruta hacer: Acercarnos al Glaciar Skaftafell o subir a la Cascada Svartifoss. Ganó la segunda. Para acceder a ella subimos por un sendero con una pendiente constante durante 1,5km aprox. No es difícil, pero algo cansada y la recompensa de encontrarte a los pies de una cascada que parece la guarida de un dragón, hace que te olvides de las quejas de un niño de 7 años en el último tramo de la subida, jajajaj. Y ni que decir tiene que el regreso al centro de visitantes fue bastante más sencillo y ¡rápido! Así que cuando llegamos a nuestro punto de partida decidimos ir andando al Glaciar de Skaftafell. El camino era llano y lo recorrimos, de nuevo, sin apenas gente, oyendo el trino de los pájaros y los balidos de alguna que otra oveja. Llegamos al final de sendero que nos regaló una panorámica con vistas de impresión, pero creo que estábamos ya algo cansados como para valorarlo como se merecía. Sin duda, nos alegramos de haber elegido a la cascada como primera opción. Ya de vuelta, en el centro de visitantes, picamos algo para reponer fuerzas para la excursión que nos deparaba un par de horas después…

De nuevo, en nuestro coche, nos dirigimos hacia Jokurlasson. Llegamos con mucho tiempo de antelación, así que nos dio margen para volver a pasear a orillas de la laguna, sacar ´alguna’ foto más y abrigarnos con un poco de ropa adicional: montaríamos en una zodiac para navegar entre icebergs y toda capa extra no estaría de más 😊.  En la empresa con la que habíamos contratado esta excursión, nos proveyeron de un mono que, además de ser un extra para el frío, nos ayudaría a flotar si se producía alguna caída. Después de que nos dieran toda la información necesaria, cogimos un bus todo terreno junto con el resto del grupo y nos alejamos del campamento base para adentrarnos hacia la Lengua del Glaciar. En ese momento es cuando comienzas a hacerte una idea de lo enorme que es la laguna porque el autobús, después de unos minutos en ruta, te deja en una zona donde aún queda una distancia considerable hasta el inicio del glaciar Breiðamerkurjökull.

Allí, nos dividieron en 2 grupos de 8 y fue donde comenzó nuestra aventura. “Agarraros fuerte a las cuerdas porque iremos rápido durante unos 7 minutos aprox”, nos dijo la guía. La diversión no acababa más que empezar. Nos fuimos acercando cada vez más a la gran masa de hielo y cuando estuvimos lo suficientemente cerca, apagó el motor y nos comenzó a explicar muchas curiosidades del lugar, de su fauna, del deshielo… Y por unos instantes, disfrutamos esta maravilla de lugar. Le pregunté si veríamos focas y obviamente no pudo asegurármelo, pero 2 minutos después avistamos a las primeras descansando en un bloque de hielo. ¡Emoción! Se acercó un poco hacia ellas, siempre en silencio, manteniendo la distancia y respetando su hábitat. El único sonido que se oía en esos momentos era el del disparador de alguna cámara. Seguimos avanzando despacio entre más icebergs de diversos tamaños, con ese color tan característico y difícil de describir porque es único. Y volvimos a ver más focas. ¡Estábamos de suerte! Nunca imaginé que veríamos tantas. Otro entrañable animal que nos había robado el corazón.  Pero también avistamos pájaros boreales como el charrán ártico. Y es que allí, la naturaleza no deja indiferente a nadie…. Nuestra aventura llegó a su fin y sin duda, fue uno de nuestros WoW viajeros.  Ésos de los que nunca se olvidan y te dibujan una sonrisa cada vez que los recuerdas.

Ya de vuelta, nuestros estómagos pedían a gritos reponer fuerzas y no dudamos en agenciarnos unos fish & chips en una foodtruck instalada en el campamento, que nos supieron a Gloria.

TIP: Esta maravillosa excursión la contratamos con la empresa Icelagoon  Adventure Tour. Los niños son bienvenidos a partir de 7 años y especifican una altura mínima de 1,33. Mario no alcanza esa estatura y les contactamos previamente para avisarlo. En nuestro caso, no hubo problemas y disfrutó de la travesía como uno más.

Volvimos a retomar la R1 y nos alejamos de allí. La carretera ya no nos mostraba vistas panorámicas de los glaciares, pero el espectáculo continuaba. El paisaje en Islandia nunca defrauda. Y casi sin darnos cuenta, llegamos a Hofn. Realmente nos desviamos de nuestro camino hacia este pueblo para hacer algunas compras en un supermercado y regresamos a la carretera circular para llegar, unos kilómetros más allá, a nuestro siguiente alojamiento: Lòn Guesthouse.

Enseguida quedamos maravillados del entorno. La antigua granja se encontraba rodeada de un enorme prado verde y teníamos de vecinas, como no, a un rebaño de ovejas a las que Mario no dudó en acercarse a saludar 😊 Cuando dejamos las maletas en la casa, paseamos por un sendero que nos llevó a la silla roja que tantas veces habréis visto fotografiada. Realmente invita a sentarte y a contemplar el espectáculo panorámico del lugar. En este alojamiento nos sentimos como en casa, el anfitrión vivía allí y nos preparó un desayuno donde no faltaba detalle. Un lugar para recomendar y en el que no dudamos en dejar nuestra pequeña aportación en su libro de visitas.

DÍA 6. Hofn-Egilstadir

Volvimos a la carretera un día que amaneció nublado y que amenazaba lluvia a medida que nos dirigíamos rumbo a los fiordos del Este.

Teníamos varias paradas marcadas antes de llegar al famoso paso del Oxi. Pero hacía un día desapacible y apenas dedicamos unos minutos a estar fuera del coche para descubrir nuevos lugares: La Reserva Natural de Hvalnes nos recibió con el sonido de los gansos o, al menos, fue lo que nos pareció 😊, pero continuamos nuestro camino hacia el faro. Habíamos visto fotos en internet que nos resultaron muy llamativas, pero cuando llegamos, el viento y el frío no ayudaron a hacer las mejores instantáneas. Además, su lado bueno, lo pasamos por alto y nos pareció una parada totalmente prescindible. Dedicamos pocos minutos a visitar la playa de Laekhjavik y fuimos directos al Djúpivogur, una pequeñísima localidad costera que sigue la filosofía cittaslow. Paseamos un rato para estirar las piernas y buscamos la famosa obra escultórica ‘Eggin i Gledvik’ que a mí me pareció prescindible pero al pequeño del grupo debió de sorprenderle porque luego lo dibujó en su cuaderno de viajes, jeje.

Después teníamos marcada otra cascada, pero no pudimos verla desde la ubicación que nos marcaba Google maps y decidimos seguir adelante. Por cierto, al final decidimos bordear los fiordos del Oeste. El paso del Oxi se trata de una carretera de grava poco cómoda y por la R1 veríamos algunos puntos de interés en carretera asfaltada. Pero la realidad es que apenas paramos: el pueblo de Studuarfjördur nos pareció carente de interés y en Reydarfjördur nos pilló la hora del almuerzo, así que no teníamos excusa para conocerlo, jejeje. En la guía Lonely Planet encontramos un restaurante donde una mujer muy simpática nos recibió hablando en español y la extensa carta también estaba en nuestro idioma. Gran acierto parar allí y degustar una pizza casera muy muy rica.

Y unos kilómetros más tarde llegamos a nuestro alojamiento en Egilsstadir. No estaba situado en el mismo pueblo. Pero a unos escasos 2 minutos en coche, cruzando un puente, se encontraba el Centro de Servicios. Se trataba de una cabaña pequeña y muy cuqui frente al lago Lagarfljót, famoso por una historia similar a la del lago Ness en Escocia. Eso sí, no había microondas (¡error!). Como el tiempo no acompañaba, estuvimos el resto de la tarde descansando y disfrutando de unas maravillosas vistas.

CONTINUARÁ…..

2 Replies to “Islandia: Parte I”

  1. Pues después de haber señalado casi toda vuestra ruta en el mapa, me he quedado con ganas de más…!! está genial, sin agobios e intentado ver lo más importante, no tardes mucho para la segunda parte!!

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