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Teníamos ganas inmensas de Oporto. Habíamos visto y leído mucho acerca de esta ciudad, la eterna ‘rival’ de la capital lusa. Así que aprovechamos el cumpleaños de Óscar para escaparnos y comprobar con nuestros propios ojos todo lo que de ella decían.

OLÁ PORTO

Aterrizamos en la ciudad un jueves a medio día con un tiempo sorprendentemente bueno (no vuelvo a hacer caso de las previsiones que anunciaban días de lluvia y cielos nublados..). Y, nuevamente, habíamos elegido apartamento como alojamiento.

A pesar de que habíamos leído infinidad de veces, que desplazarse desde el aeropuerto al centro podía hacerse sin problemas en transporte público y que estaba relativamente cerca de la ciudad, contratamos el traslado más por comodidad que por practicidad. La chica que gestionaba nuestro alojamiento nos estaba esperando a unos metros del apartamento, porque el acceso en coche allí era imposible. Se encontraba en la conocida zona de la Rivera y la primera impresión al entrar no pudo ser mejor. Las vistas al Río Duero nos dejaron sin palabras y tenía todo lo que podíamos necesitar estos días. Nuevamente, como en Finlandia, habíamos acertado.

Como el tiempo acompañaba, decidimos comer en la terraza de uno de los múltiples locales que se encontraban en la zona frente al Duero. Sentados allí, con copa de vino en mano, parecía que llevábamos de vacaciones una eternidad. Buena señal! Y en la tarde, aprovechamos para conocer la zona baja de Oporto. Estábamos a 200 metros del Palacio de la Bolsa y la Iglesia de San Francisco y, ambos, fueron nuestra primera parada. Después, subimos paseando hasta la estación de Sao Bento.

La Rua Mouzinho da Silveira estaba en obras y era bastante ruidosa, así que decidimos volver sobre nuestros pasos y bajar a pasear por la Ribeira. El F.C. Oporto jugaba esa noche contra el Bayer Leverkusen y las terrazas estaban a rebosar de hinchas alemanes dándolo todo. Los Edificios enclavados en este barrio, nos mostraban ese aire decadente, muy típico de la ciudad, y los rayos del sol reflejaban unas fachadas coloridas y alegres, que hacían de la zona algo único. Teníamos tiempo antes de la cena, así que compramos billete en uno de los múltiples puestos que hay repartidos a la orilla del río, para hacer el recorrido de los 6 puentes y poder así visualizar la ciudad desde otra perspectiva. Además, Mario estaba encantado con la idea del momento barco.

En el barco, una grabación, te explica en varios idiomas y de forma breve la historia de cada uno de los 6 puentes que vamos cruzando. No estaba al completo, así que pudimos movernos libremente y disfrutar de las vistas sin problemas. Tengo que decir que me decepcionó un poquito. Esperaba encontrarme un paseo algo más dinámico y se me hizo un poco largo. Aún así, creo que no desmerece y si vas con niños, es una manera más de motivarles.

La cena fue en Hard Rock. Por aquí ya sabéis seguimos teniendo nuestros momentos ‘frikies’, y a los componentes masculinos del equipo, les gusta coleccionar momentos en esta cadena americana… :-).

DÍA 2. AVEIRO

Habíamos comprado billetes de tren para conocer Aveiro y disfrutar del único día en el que las previsiones del tiempo marcaban libres lluvias. Y vaya si acertaron: ¡Oporto amaneció con tiempo primaveral!. Volvimos a subir por la Rua Mouzinho da Silveira, y nos dirigimos hacia la Estación de Sao Bento. Como era temprano, pudimos disfrutarla como se mereció. Esos murales de azulejo no dejan indiferente a ningún viajero… localizamos el primer tren que nos llevaría hacia nuestro destino y, una vez en la estación de Campanhã, cogimos un exprés. Aveiro nos esperaba a menos de una hora y durante el trayecto, pudimos contemplar la costa y sus pequeños pueblos. Nos encanta viajar en tren y se nos hizo cortísimo.

Ya en Aveiro, buscamos el centro del pueblo. Para ser sinceros, no teníamos la visita muy planificada. Obviamente queríamos dar un paseo por los canales y acercarnos a Costa Nova pero, no llevábamos ningún plano impreso y recurrimos a Google maps para no andar en balde. La estación está algo alejada del centro y puede que se nos hiciera algo largo hasta llegar a nuestro destino, pero ¡no hay cuestas!. Así que, en un trayecto de unos 20 minutos nos plantamos en el primer puesto que nos ofrecía un paseo en moliceiro (un barco que antiguamente servía para transportar un tipo de alga). No lo dudamos; Eran las 11 de la mañana y, nos pareció una genial idea comenzar la visita recorriendo los canales. Nuestro guía hizo el paseo muy ameno y enseguida hizo migas con Mario, que no paraba de reírse con las bromas que nos gastaba a los turistas que allí nos encontrábamos. Aprendimos mucho de la historia de la ciudad y descubrimos cosas muy interesantes de este peculiar barco y los dibujos que los decoran.

Una vez finalizado nuestro trayecto, paseamos por el Centro y sus callejuelas tranquilas, admiramos sus coloridas casas y estuvimos tentados de sentarnos en una de sus terrazas, pero ¡Costa Nova nos esperaba!.

Cogimos un Uber. La conductora, muy amable, nos recomendó restaurantes y nos dejó en la misma calle con la que había soñado muchas veces. Esa calle repleta de casas de rayas de mil colores. Apenas había gente, la paseamos sin prisas y, cuando ya habíamos elegido cada uno de nosotros nuestra casa favorita, nos fuimos directos a la playa. Pisar la arena descalzos, recoger conchas, jugar a esquivar las olas, era algo que no esperábamos hacer en el mes de febrero, así que creo que lo disfrutamos como si no hubiera mañana. Y comimos frente al mar. Fue la guinda final para una mañana de viernes.

Antes de regresar a Aveiro, nos zampamos las famosas tripas que nos supieron a Gloria. Atención golosos: ¡no podéis marcharos de allí sin probarlas!!

Quizás el clima y la poca masificación influyera, pero nosotros no podemos dejar de recomendar conocer Aveiro y Costa Nova. Llegamos sin grandes expectativas y la despedimos con muy buen sabor de boca.

Cuando llegamos a Oporto y, aprovechando que estábamos en la parte alta, nos acercamos a la Catedral de Sé donde había ambientazo. El Sol comenzaba a caer y la música callejera ayudaba a disfrutar, aún más, de las vistas del casco histórico. Lo mismo nos ocurrió cuando cruzamos al otro lado del río, en el Jardín do Morro: Muchos esperaban el atardecer con mojito en mano, acompañados otra banda sonora callejera. Tengo que decir que, atravesar a pie el Puente Don Luis I un día concurrido, puede resultar algo estresante y claustrofóbico. Yo tengo miedo a las alturas y me sentía atrapada entre el bullicio, el tren ligero que pasaba cada pocos minutos y el abismo hacia el río. Pero, obviamente, las vistas son impresionantes.

Cenamos en Chez Lapin. Habíamos reservado allí porque nos lo recomendó una amiga y no pudo estar más acertado. Es un restaurante muy turístico y, pero puedo asegurar que la comida estaba deliciosa. Ese pulpo a la brasa merece una mención más que especial en estas líneas.

DÍA 3. CALLEJEANDO

Aún nos quedaba Oporto que descubrir y, nuevamente, el tiempo estaba de nuestra parte. Queríamos conocer la Librería Lello y lo pusimos en nuestra primera parada del planning, para intentar evitar esas acumulaciones de gente de las que tanto nos habían advertido. No madrugamos y, desde nuestro alojamiento, nos esperaba un largo camino cuesta arriba hasta allí. Así que no dudamos en llamar a un Uber y en 5 minutos nos plantamos en la puerta de la archiconocida Librería. La chica de la puerta nos indicó donde comprar las entradas en un local cercano y 10 minutos después estábamos dentro. Efectivamente, había bastante gente. En un principio nos resultó agobiante, pero poco a poco nos fuimos mimetizando entre los libros, la sección de Harry Potter y la búsqueda de un cuento que llevarnos. Así, sin darnos cuenta, comenzamos a disfrutar de la visita, de sus techos, su escalera centenaria, y su colección de libros. Creo que me habría pasado horas allí admirando y ojeando cada obra. Me acordé de los vecinos. ¿Tendrán también que pagar por entrar y poder perderse en la librería de su barrio?

Salimos encantados de haber podido descubrirla sin tener que invertir mucho tiempo en la espera. Ciertamente, aunque hubiéramos tenido que hacer fila en la calle, la visita es más que recomendable.

La librería está a unos metros de la Torre de los Clérigos. Desde un parque cercano se ve imponente y los edificios que la rodean la hacen aún más especial. Seguimos paseando rumbo al mercado do Bolhao. Bueno, más bien al Mercado temporal porque el original está en obras desde hace algunos años.

De camino a allí, pasamos por la Avenida dos Aliados y vimos las famosas letras de Porto ubicadas en la Plaza General Umberto Delgado. Allí, había que esperar una larga fila para hacerte una foto, así que descartamos esa posibilidad y llegamos al mercado. Allí te reciben unos carteles enormes con las fotos de las vendedoras y vendedores que regentan los locales y luego te espera una nave enorme, donde hay cientos de puestos. Nuestra visita fue breve y cogimos la Rua de Santa Catarina para seguir callejeando por Oporto. Nuestra última parada de interés, fue la Iglesia de San Ildefonso. Nos sorprendió porque tenía poca afluencia de gente y desde, abajo en la escalinata estaba imponente.

Era casi hora de comer y no podíamos marcharnos de Oporto sin probar las famosas francesinhas. Como la Rua das Flores nos pillaba de camino al apartamento, no dudamos en entrar a un local y pedir una. Ni que decir tiene que no es un plato exquisito y no tiene mucho de especial, pero hay que probarlo y juzgar por uno mismo 😉

En la tarde nos acercamos, también con un Uber a Foz do Douro. Queríamos pasear por el malecón y conocer el faro, pero comenzó a hacer mucho viento y la lluvia hizo acto de presencia. Realmente fue una pérdida de tiempo, el faro, a nuestro parecer, no es nada del otro mundo.

A la vuelta, el conductor del Uber nos enseñó otras zonas donde se hacían avistamiento de pájaros que podían haber sido una opción más interesante que la nuestra. Le pedimos que nos dejara en Vila Nova de Gaia. Era nuestra última tarde allí y había dejado de llover. Nos encantó disfrutar de las vistas de Oporto desde esa perspectiva a orillas del río. Había bastante ambiente, paseamos hasta el teleférico y nos comimos unas castañas asadas que nos parecieron exquisitas. Y sí, picamos con el teleférico…. Mario no había subido nunca a alguno y se moría de ganas por subir a otro medio de transporte. Una nueva turistada que atesorar en nuestro curriculum viajero :-).

Volvimos, de nuevo, a atravesar el puente Don Luis I. Pero esta vez lo hicimos por el lado menos concurrido, para evitar momentos de vértigo innecesarios. Ya en la noche, regresamos a Vila Nova; La chica del apartamento nos había recomendado el restaurante Tempero do Maria y, pese a la lluvia y el mal tiempo que nos volvió a acompañar en la noche, dejamos la pereza a un lado y degustamos, de nuevo, gastronomía portuguesa de 10 en un local bastante menos concurrido que el del día anterior.

Y hasta aquí nuestro recorrido en la amigable Oporto. Nos dejamos algún barrio que conocer y alguna Iglesia en la que entrar, pero estamos seguros de que nos volveremos a encontrar. ¡Hasta la vista Porto!

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