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La segunda parte de nuestro viaje a Islandia tenía aún muchas sorpresas que mostrarnos. Ballenas, paisajes marcianos, cañones de infarto y verde, mucho verde os encontraréis por aquí si seguís leyendo. ¿Nos acompañáis?.

Día 7: Egilstadir-Husavik.

Dormimos como bebés en nuestra cabaña frente al lago, así que ya estábamos listos para nuestro primer destino en la zona: el Cañón de Studlagil. Si buscáis su nombre en internet, os dirá que, hasta hace unos escasos años, el lugar estaba totalmente cubierto por unas aguas turbulentas y peligrosas. Fue la construcción de una central hidroeléctrica la que provocó que dichas aguas bajaran su nivel considerablemente y mostraran una inmensidad difícil de definir con palabras.

Nos habían recomendado visitarlo muy pronto para intentar disfrutarlo como se merecía. No madrugamos pero a las 9:30 estábamos dejando el coche en el parking que nos llevaría al pié del cañón. La otra opción era verlo desde su parte alta, pero nos llamaba más la atención andar hasta su base. Teníamos por delante 4Km así que no teníamos tiempo que perder. Atravesamos un puente y comenzamos. Cuando llevábamos andado un kilómetro, nos cruzamos con un coche y nos comenzamos a preguntar si no estaríamos andando de más por la existencia de otro parking. Y…bingo!! a unos 2km del parking inicial nos encontramos una esplanada donde había un par de coches aparcados. Ya estaba hecho, había que tirar para adelante 🙂

Continuamos por un camino cómodo y llano y finalmente llegamos a nuestro destino. El cañón se nos presentó tal cual nos imaginábamos. Además, había muy poca gente y pudimos bajar al río sin incidencias pese a los resbaladizo del terreno. Difícil explicar esta maravilla de lugar El color negro de las paredes de basalto contrastaba con el azul turquesa del agua que recorría tranquila el cañón. Allí estuvimos un largo rato, fotografiándolo y disfrutando de este regalo de la naturaleza.

De regreso nos cruzamos con bastante gente que iba de camino hacia allí, así que nos consideramos afortunados de haberlo podido saborear con la tranquilidad que se merecía.

Tip: Para llegar al Cañón no hagáis como nosotros y no paréis en el primer parking habilitado junto a un puente. Atravesad dicho puente y continuad por un camino que os llevará a un segundo parking. Así os ahorraréis 4Km de senderismo. Importante recordar que en la ruta atravesáis terreno privado y hay que respetar las señalizaciones y los vallados improvisados.

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Por la tarde nos acercamos a Seydisfjorur. Habíamos leído que era uno de los pueblos más visitados de Islandia y no nos pareció extraño después de conocerlo. Primero porque la carretera que lleva hasta allí es espectacular. El fiordo hacía honor a su nombre y su similitud a los noruegos no nos dejó indiferentes. Y segundo porque se trata de un pueblo con muchísimo encanto. Éso sí, pasearlo no nos llevó más de media hora. Su iglesia y el camino de baldosas de colores que lleva hasta allí era el lugar más concurrido, pero es que no cabe duda de que es tan fotogénica que da igual que la hayas visualizado un millón de veces en las redes. No puedes marcharte de allí sin sacar una instantánea, o dos, o tres! 🙂

Día 8. Egilstadir-Husavik

Nos despedimos de nuestro alojamiento en los fiordos del Este para poner rumbo al Norte. Volvimos por el mismo camino que, el día anterior, nos llevó al cañón Studlagil e hicimos una parada en una cascada a los piés de la carretera que nos había llamado mucho la atención. Llegados a este punto muchos pueden pensar que se trataba de una cascada más, pero nos pareció que el lugar merecía una visita y no nos arrepentimos. Cada una de ellas es única y especial y ésta también lo fue. Además, como era temprano, la vimos prácticamente sólos y éso es un ¡lujo!

Continuamos por la R1 y, tras después de varios kilómetros el paisaje cambió radicalmente. Parecía que nos habíamos teletransportado directamente a Lanzarote. Paramos en un apartadero para sacar una panorámica del lugar. Imposible definir el espectáculo que teníamos a nuestro alrededor. Hasta los bares de carretera parecían sacados directamente del Lejano Oeste. Islandia tiene el poder de sorprenderte cuando menos te lo esperas…

Pero la mañana nos deparaba aún una sorpresa más. En un lugar remoto, en medio de la nada, nos encontramos con las archiconocidas cascadas Dettifoss y Selfoss. Están separadas por unos escasos metros que se recorren a pie sin problema. Cuando llegamos allí no sabíamos que había posibilidad de recorrerla por ambos lados del río Fjöllum. Nosotros fuímos por la carretera C862 y no podemos comparar con las vistas desde la C864. Pero una vez allí, creo que las vistas de Selfoss se apreciarían mejor desde esta última. Ambas cascadas no dejan indiferente a nadie pero sin duda, Dettifoss nos dejó con la boca abierta; Por algo es la cascada más caudalosa de Europa :-). Además, el tiempo que nos acompañó fue increíble y volvimos a disfrutar de un fotogénico arco iris. No pudimos pedir más

Selfoss
Dettifoss

Después de coger fuerzas con un pequeño almuerzo en el parking de las cascadas nos dirigimos hacia el Cráter Víti. Antes de llegar, atravesamos una planta geotérmal, Bjarnarflag, y de nuevo, nos sentimos teletransportados a otro paisaje, a otra película, con un argumento diferente. El cráter era enorme, tanto, que recorrerlo podría llevarnos un tiempo así que no fuímos muy lejos y volvimos a meternos en el coche alentados por la presencia de moscas y el olor a huevo podrído que ya comenzaba a quedarse entre nosotros. Las fumarolas de Hverir fue nuestra siguiente parada. Tengo que decir que te hace tener sentimientos encontrados porque el olor es tan insoportable que no te permite disfrutar de un paisaje tan impactante y devastador. De hecho, creo que tardamos 5 minutos en volver al coche corriendo y espantando moscas, jajaja.

Hicimos una parada técnica para comer en un lugar que pintaba bien pero que, luego, dejó mucho que desear y desde allí pasamos de largo el Lago Mytvan para dirigirnos al alojamiento. Nos habían dado indicaciones precisas porque Google maps no lo marcaba. Así que después de atravesar varias carreteras secundarias y algún que otro camino de grava, llegamos a nuestro destino: Una granja al final de un valle alejada de todos y de todo. Nos recibió una señora muy simpática que no sabía nada de inglés y una perra muy amigable deseosa de recibir invitados en aquel lugar remoto. Cenamos en la cabaña que tendríamos como refugió un par de días y es que cualquiera volvía a recorrerse el camino, jejej.

Día 9: Husávik

Queríamos ver ballenas. Para Óscar y para mí no era la primera vez. De hecho, sería la tercera. Pero Mario se estrenaba con la experiencia y deseábamos volver a sentir estar cerca de ellas. El tiempo que nos recibió era inmejorable. Estaba despejado, no hacía frío y el mar estaba en calma. Condiciones perfectas para salir a navegar en zodiac!. Cuando llegó el momento de embarcar ya nos habíamos enfundado los monos y el chaleco salvavidas. ¡Estábamos listos para una nueva aventura!. La pequeña isla donde, supuestamente, veríamos frailecillos estaba deshabitada desde hacía unos días. Estas preciosas aves boreales habían decidido abandonar sus acantilados este año antes de tiempo. Por fortuna, aún teníamos en nuestras retinas el precioso espectáculo que nos encontramos en Vik :-). No pudimos tener más suerte con las condiciones del mar: parecía una piscina!. Unos minutos más tarde continuamos mar adentro y tuvimos nuestro primer avistamiento. Primero el lomo, luego la sentimos respirar y por último sacó su aleta para adentrase en las profundidades. La secuencia se repitió varias veces con otras especies similares. Mario comenzó a marearse y a sentirse indispuesto. Pero claro, mejor no os cuento el calor que hacía y cómo íbamos de abrigados, jejejej. Por fortuna, no hubo momento ‘desagüe ‘ y, a medida que nos fuímos acercando a tierra fue recuperando el color de su cara ;-). Cuando llegamos, la guía nos enseñó fotos de las ballenas que habíamos avistado y su tamaño que obviamente no se asemejaba para nada con nuestra percepción desde la zodiac.

Paseamos un rato corto por el centro de Husavik y volvimos a nuestra cabaña para comer, descansar y prepararnos para la tarde.

El paisaje de los pseudocráteres de nuevo nos transportó a una película de Ciencia Ficción pero, la presencia, otra vez, de moscas nos pareció suficientemente molesto como para no disfrutarlo como se merecía. Allí nos encontramos con una pareja que seguíamos en Instagram y después de charlar un rato, quedamos en volvernos a encontrar en los baños de Mytvan donde teníamos reserva para un par de horas después. Nos quedaban dos lugares pendientes antes de volvernos a sumergir en las ‘Blue Lagoon’ del norte, como muchos las llaman: uno un campo de lava con formaciones rocosas enormes donde hacer rutas de senderismo y otro, la cueva Grjótagja donde se rodó una famosa escena de Juego de Tronos. Decidimos olvidarnos de la primera por falta de tiempo y nos fuímos directos a la cueva donde apenas había gente y apenas se veía nada, jajaja. Las fotos muestran más de lo que, en realidad, era así que imaginad la magia del cine. Pero para los fanáticos de la saga no hay excusa para dejarte caer por allí 🙂

Llegamos a los Baños de Mytvan a la hora prevista y, después de enfundarnos los bañadores, volvimos a sumergirnos en aguas ricas en sílice. Habríamos agradecido que hiciera algo más fresco en el exterior pero igualmente disfrutamos del agua hasta que nuestras manos se convirtieron en pasas. Volvimos a encontrarnos con Mire y Javi y pasamos un rato agradable admirando las vistas que nos ofrecía el paisaje e intentando hacernos hueco entre italianos para tener la mejor panorámica :-).

Foto cortesía de @losviajesdemirja

Ahora que conocemos los dos baños termales más conocidos de la isla, es inevitable hacer comparaciones y difícil hacer una elección. Sin dudarlo, la panorámica que ofrecen los de Mytvan es espectacular, pero las instalaciones de las Blue Lagoon son muy top. Así que sólo tenéis que ir allí y comprobarlo por vosotros mismos 😉

Día 10. Husavik-Hvammstangi.

Nos depedimos bien temprano del alojamiento que nos había acogido estos dos últimos días y fuímos directos a la cascada Godafoss (Cascada de los dioses). Cuando llegamos al parking, llovía a cántaros y coincidimos varios autobúses de cruceros, así que os podéis imaginar cómo fue de rápida nuestra parada, jajaja. El tiempo siguió sin darnos una tregua cuando llegamos a Akureyri. Este precioso pueblo pintoresco estaba desierto cuando llegamos. Los comercios aún no habían abierto y paseamos por su centro sin prisa pero sin pausa. Teníamos un largo camino hasta nuestra siguiente parada: La Granja de Glaumbaer. Al llegar allí también llovía y había que pagar por entrar. Pensé que nuestra visita volvería a ser breve pero cuando nos metimos en estas históricas instalaciones nos sorprendió lo bien conservadas que estaban. Mario estuvo encantado de recorrer todas las habitaciones, cada una con una historia diferente que contarnos. Ay, si esos muros hablararan… Por suerte, cuando salimos de allí, había dejado de llover y pudimos recorrerla también por fuera y con la tranquilidad que se merecía el lugar. A unos pocos kilómetros más allá se encontraba la iglesia de Vídimyrarkirka, que no nos dejó indiferentes. Justo en la cerca de al lado, unos caballos se asomaron a saludarnos y Mario salió encantado de allí.

Llegamos a nuestro alojamiento muy temprano así que aprovechamos para acercarnos al Icelandic Seal Center para ver si podían ayudarnos con el avistamiento de focas. El pueblo, Hvammstangi se encuentra en la península de Vatnsness y el chico con el que hablamos nos comentó que ese día la gente no había tenido mucha suerte con el avistamiento. Aún así, decidimos probar suerte únicamente por la costa Oeste. Después de conducir por una carretera de grava unos 15 minutos, aparcamos cerca de una propiedad privada donde, a lo lejos, creíamos haber visto una gran roca. Bajamos por un sendero para acercarnos más y al parecer se trataba de un troll que el amanecer le había pillado por sorpresa ;-). No llegamos hasta sus pies porque nos pareció un camino complicado y demasiado empinado para hacerlo de vuelta. Con ver de lejos a troll nos conformamos, jejejej. Continuamos por la misma carretera hasta un faro y luego llegamos a una playa que los planos marcaban como parada de interés pero el dueño de la propiedad parecía no estar muy de acuerdo con ello. Su valla electrificada nos avisó claramente que no éramos bienvenidos allí. Otros viajeros que se encontraban en el lugar como nosotros nos comentaron que unos 3km más adelante sí habían visto focas. Había un parking habilitado frente a una granja y no tenía pérdida. Así que no nos lo pensamos mucho y volvimos al coche en busca del lugar que nos habían marcado. Una vez allí, tuvimos que atravesar andando un largo sendero que bordeaba el mar. El lugar era precioso, hacía mucho viento y nosotros íbamos cargados de ilusión. Estuvimos allí un rato largo sin perder la esperanza y vimos una pareja de focas nadando en la lejanía. Pero nada más. ya nos lo había avisado el guía pero ¡había que intentarlo!

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Volvimos al alojamiento, que resultó ser bastante más grande que nuestros anteriores cabañas y brindamos con unas cervezas islandesas por un día más allí. Cenamos justo encima del Icelandic Seal Center: Sjavarborg Restaurant. Tuvimos que esperar bastante porque, al parecer, les faltaba un cocinero pero esa espera mereció la pena. El lugar era muy acogedor, las vistas a la bahía increíbles y la cena estupenda.

Día 11. Hvammstangi -Península de Snaefellness

El trayecto de hoy iba a ser el más largo de todos porque no había paradas intermedias de interés, al menos para nosotros. De hecho, el ‘atajo’ que previamente habíamos marcado en la planificación no existía como tal o la carretera estaba cortada. Así que estudiamos posibilidades sobre la marcha y finalmente decidimos bajar hasta Bogarnes por la Ring Road y luego subiríamos al inicio de la Península de Snaefellness. Haríamos más kilómetros pero por una carretera decente en la que únicamente tardaríamos unos 15 minutos más.

Cuando llegamos a la península, su paisaje volvió a convertirse en marciano. Similar y, a la vez, diferente a lo que ya nos habíamos encontrado en el Norte de la Isla. Llegamos a Stykkishólmur a media mañana. Las guías lo describían como un lugar auténticamente islandés y ciertamente nos lo pareció. Era un pueblo pequeño con casitas de colores y tenía un pequeño puerto con vistas a un faro. Paseamos por allí para estirar las piernas y admirar la estampa que teníamos ante nosotros. Antes de partir, paramos en un Bonus a comprar unas cuantas cosas que nos faltaban para nuestro penúltimo día.

Tip: Si tienes la suerte de dejarte caer por Stykkishólmur y aún tienes fuerzas y ganas de subir una pendiente hasta el faro, las vistas que te regalan del pueblo, seguro que merecerán la pena. Nosotros no lo hicimos, pero si volviera lo intentaría.

Nuestra intención era parar a comer en el siguiente pueblo pero antes hicimos una pequeña parada en un desvía donde indicaban una señalización del museo del tiburón. Dudamos si dirigirnos allí, pero leí en la guía de qué se trataba y no me pareció para nada interesante recorrer un lugar donde te ofrecen como degustación carne de una especie de tiburón en peligro de extinción. Pero para gustos los colores. Fotografiamos el lugar donde nos encontrábamos: un inmenso campo de lava. Ciertamente, las guías acertaban con la descripción de la península: ¡es Islandia de tamaño reducido!

Decidimos pasar del pueblo que habíamos marcado para comer. No nos pareció nada del otro mundo y teníamos muchas ganas de llegar a Kirkjufell. Cuando salimos del coche comenzaba a chispear pero no había mucha gente y pudimos disfrutar durante unos minutos del estupendo combo cascada vs volcán. Para seros sincera, lo había visto en tantas fotos que el efecto sorpresa fue nulo. Aún así, no le resta belleza al lugar. No vimos mesas de picnic cercanas. Se trataba de un terreno privado y entiendo que sería ése el motivo. Continuamos nuestro camino y a unos pocos kilómetros más allá, ¡bingo! habíamos encontrado un lugar entre el mar y la montaña perfecto para preparar nuestros bocadillos. Un nuevo restaurante de ‘lujo’ que añadir a nuestro currículum.

No teníamos tiempo para recorrer la península entera así que cogimos un atajo en la mitad del recorrido y cruzamos al otro lado de la costa. Allí paramos en Ytria Tunga. El guía del Centro de Focas de Hvammstangi nos marcó este punto en el mapa para que probaramos suerte. Llegamos con pocas esperanzas después del fiasco de la tarde anterior. Había un parking con bastantes coches pero pudimos hacernos hueco y caminamos por un sendero que bordeaba una playa. Por cierto, allí vimos lo que parecía una ballena muerta. Al principio, en la lejanía, pensábamos que se trataba de una roca, pero a medida que nos acercábamos el olor nos quitó toda duda. Los chicos, incluso se acercaron más para constatarlo, jajaj. Nos quedaremos con las ganas de saber por qué no la habían retirado de allí y de qué tipo de ballena se trataba. Cuando llegamos al final de la playa nos encontramos con una zona de rocas y muy cerca, una pequeña isla. Fue allí donde volvimos a disfrutar de las focas en libertad. Todos los que allí nos encontrábamos estábamos en completo silencio y fue un momentazo. Había bastantes, algunas nadando y jugando y otras, simplemente, viendo la vida pasar. Ni que decir tiene que el pequeño componente de nuestro equipo lo disfrutó mucho. Sin duda, la fauna de islandia le fascinó, pero ¿a quién no?.

Con la emoción aún en el cuerpo volvimos al coche y nos dirigimos ya, sin parar, hacia Bogarnes donde teníamos el alojamiento. Una preciosa y acogedora cabaña nos recibió y también lo hicieron la manada de caballos que se encontraban justo en la cerca de al lado. Sin duda, otro logar de cuento para recordar. Cenamos en una pizzería en el mismo pueblo que se llamaba la Colina donde todos los camareros hablaban español y las pizzas estaban de escándalo. Así que tomad nota del lugar 😉

Día 12. Bogarnes – Keflávik

Nuestro vuelo de regreso a Madrid salía muy tarde. De hecho más bien, salía al día siguiente a la 1:30 a.m. Así que teníamos por delante todo un día en la isla.

Por la mañana paramos en un pueblo sin nada aparente que destacar salvo su antigua iglesia y su cementerio. Y luego nos acercamos a visitar la últimas cascadas de nuestro viaje: Hraunfossar y Bornafoss. Ambas nos gustaron mucho y apenas había gente. Luego, teníamos planificado acercarnos a Deildartunguhver que se trata de la zona termal de flujo más algo de Europa. Pero al indicarlo en Google maps nos avisó que estaba cerrado. Igualmente nos aventuramos pero efectivamente no pudimos acceder porque estaba en obras 🙁

Volvimos a Reikiavik para comer allí y despedirnos de esta ciudad que tanto nos había gustado. Paseamos un poquito por sus calles y acabamos en un fish&chips bastante regulero pero que nos sació el hambre, jejej. Y ahora, ya sí que sí dijimos adiós a la capital de Islandia no sin antes desviarnos para conocer el faro Grotta. Este faro está situado en un islote y sólo es accesible a pie cuando sube la marea. Nosotros habríamos podido acceder a su base pero llegamos a la mitad el camino y nos dimos media vuelta. Desde allí nos fuimos directos a Keflávik. Habíamos reservado en el mismo hotel que nos recibió la primera noche y fue una gran decisión. Estaríamos sólo unas horas allí; lo suficiente para descansar y estirar las piernas antes de partir hacia el aeropuerto. Pero aún nos quedaba una última parada. Sí: volvimos a las Blue Lagoon. Nos pareció una buena manera de acabar nuestro viaje a Islandia. En ese horario la Laguna estaba más concurrida que la mañana que lo visitamos por primera vez, pero no nos importó. El lugar es lo suficientemente grande como para tener tu espacio y relajarte en sus aguas.

Y ya de vuelta en el hotel, nos tomamos unos sandwich agotando el último producto español que nos habíamos llevado y nos marchamos para el aeropuerto. Cuando el avión despegó Mario ya se había dormido y Óscar y yo nos despedimos del mismo volcán que nos recibió unos días atrás.

¡HASTA LA VISTA ISLANDIA!

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