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Junio 2021. Después de un duro y largo invierno con Filomena, pandemias que no acaban y mucho trabajo, al fin podemos darnos un respiro en la Isla Bonita. Habíamos aprovechado uno de los bonos de Iberia de 2020 y decidimos que una semana este destino nos daría el respiro que necesitábamos. Cogeríamos fuerzas para el ansiado verano 2021. ¿Nos acompañáis?

El vuelo fue tranquilo, el avión no iba al completo y el protocolo Covid dentro se siguió sin ninguna incidencia. Pensaba que la sensación de sentir despegar el avión iba a ser más intensa después de tanta incertidumbre, pero la verdad que fue como montar en bicicleta y dentro pareció que el tiempo no había pasado salvo por el detalle de las mascarillas a bordo.

La isla nos recibió con un sol radiante. Y, después de pasar los controles sanitarios y recoger nuestras maletas, fuimos a la agencia Cicar donde habíamos reservado nuestro coche. Esperamos unos 10 minutos hasta que llegó nuestro turno y recogimos el Fiat 500 en el parking del aeropuerto. ¡La aventura acababa de comenzar!

El alojamiento que teníamos reservado estaba situado en Breña Alta. Muy cerca del aeropuerto y de la capital, Santa Cruz de la Palma. Lo elegimos por sus vistas al mar y su piscina infinity pool donde podríamos darnos un chapuzón cuando volviéramos de nuestras rutas. La realidad fue otra porque el agua estaba helada y la temperatura en la zona, no invitó durante toda la semana a darnos un bañito allí

Se trataba de una casa independiente compuesta dos dos alojamientos, aunque nosotros estaríamos solos porque bloqueaban el lugar cuando uno de ellos hacía la reserva. Tenía un jardín enorme en el que a Mario le faltó correr para sacar su ‘pelota’ de viaje y disfrutar de su deporte favorito, la piscina era tal cual aparecía en las fotos y el alojamiento por dentro era más grande de lo que esperábamos. Una cocina equipada con todo lo necesario, y el resto de estancias muy amplias. Además, el barrio era extremadamente tranquilo. Dormir allí sería reparador.

Tan pronto nos situamos, fuimos a un Spar que estaba abierto los domingos en la Playa de los Cancajos para comprar algunas cosas que necesitábamos y después nos acercamos a un restaurante cercano a degustar comida canaria: El Halcón. El sitio, como era domingo, estaba casi al completo. En la terraza todo reservado, pero tuvimos suerte y dentro pudimos sentarnos y comer, entre otros, las papas arrugadas típicas de las islas y que tanto echaba de menos…

Ya en la tarde, volvimos a los Cancajos. La intención de Mario era mojarse algo más que los pies, pero hacía viento y enseguida pusieron bandera roja y lo sustituímos por un rico helado de chocolate en uno de los locales que bordeaban el mar.

DÍA 2.

Para nuestro segundo día en la isla teníamos planificado visitar el Bosque de los Tilos pero anunciaban lluvias y cambiamos de destino. Iríamos hacia el Sur a probar suerte. Primera parada: el Volcán de San Antonio. Allí se encontraba el centro de visitantes en el que se paga por acceder 5 Euros por persona (niños hasta 12 años gratis). Allí, puedes aprender mucho acerca de los volcanes y para los más pequeños resulta todo un descubrimiento. Además, a la salida, en el sendero que te lleva al volcán, hay un simulador de terremotos que nadie debería irse de allí sin probarlo: ahí lo dejo! 😉

Caminamos solo unos metros dirección al volcán y cuando llegamos al cráter nos pareció sorprendentemente parecido a lo visto en Big Island, en Hawaii. Este cráter se originó durante las erupciones de 1677 (ya ha llovido :-)) y resulta increíble verlo tan de cerca. Llegamos a un mirador desde donde disfrutamos de unas vistas espectaculares. Y volvimos sobre nuestros pasos hacia el centro de visitantes. Desde allí salen varias rutas interesantes de las que poder disfrutar de este maravilloso entorno. Nosotros decidimos seguir hacia el Faro de Fuencaliente, que era nuestro siguiente destino.

Tras unos kilómetros en el coche, el paisaje que nos encontramos volvió a trasladarnos a años atrás cuando recorríamos la isla de Hawaii. Admiramos el paisaje que el volcán Teneguía había dejado a su paso en la última erupción de 1971. Espectacular es poco. Hice que Óscar parara el coche un par de veces para tomar unas instantáneas. Menudo lugar…Realmente, nos pareció una carretera panorámica en toda regla con el contraste del azul intenso del mar. Ya divisábamos el Faro de Fuencaliente así que nuestro recorrido de postal fue mejorando. Bueno, realmente había dos faros. El que en la actualidad está en funcionamiento (Rojiblanco, como decía Mario) y el antiguo que se deterioró bastante con la última erupción y ahora alberga el Centro de Interpretación de la Reserva Marina y el Museo del Mar. Estaban haciendo algunos trabajos en el exterior y nos pareció que estaba cerrado. Pero, para ser sinceros, ni siquiera intentamos entrar. Nos fuimos directamente a recorrer las salinas, que fue declarado Espacio Natural de Interés Científico, y no es para menos. Allí aprendimos un poco más acerca del trabajo artesanal que lleva a cabo la familia Hernández Villalva, de generación en generación y también descubrimos que albergaban algunas de las formas vivas más antiguas de la Tierra.  Era pronto para comer y tampoco habíamos hecho reserva en su famoso y aclamado restaurante el Jardín de la Sal. Pensamos en volver otro día con reserva y ver el atardecer desde allí, pero en junio el restaurante no abría por las tardes. Así que habrá que volver, no?

Después, bajamos andando a una playa. El pequeño de la casa quería bañarse sí o sí y a cabezota no le gana nadie, jejeje. El lugar nos pareció muy pintoresco. Con pequeñas embarcaciones distribuidas por el lugar y unas pequeñas casas que, intuimos, pertenecían a los pescadores de lugar. No había nadie bañándose y no nos pareció el lugar más cómodo para hacerlo. Nos habían recomendado ir a las charcas de Echentive y como no teníamos cobertura allí optamos por hacerlo a la vieja usanza y preguntar a unos vendedores ambulantes por la dirección que tomar. Cuando llegamos, nos hicimos hueco en el pequeño parking que había a la entrada de la playa y bajamos unas cuantas escaleras construidas con piedras volcánicas. El entorno parecía que prometía. Las Charcas de Echentive se encuentran frente a la playa, unos metros más hacia el interior y tengo que confesar que si no hubiéramos visto a gente bañándose no nos habríamos atrevido a meter el pie. El agua estaba helada. Íbamos preparados con escarpines pero ciertamente hay que hacerlo con cuidado. Las piedras volcánicas raspan y ¡mucho! y, obviamente no se trata de una piscina donde el nivel del agua se mantiene. Estaba nublado y yo sólo me mojé los pies pero los chicos terminaron por darse un baño reparador con raspaduras incluídas, jajajaj. Después, nos acercamos a conocer la playa y echamos de menos no tener un bocadillo para quedarnos allí a disfrutar de este maravilloso lugar con la calma que se merecía.

Volvimos al apartamento a descansar y de camino paramos en San José (Breña Baja). Nos apetecía una hamburguesa y encontramos en la web un lugar donde comerlas. Cuando llegamos allí resultó ser un local de comida para llevar, pero igualmente las encargamos y nos las llevamos a ‘nuestra casa’. Tengo que decir que son unas de las mejores hamburguesas que hemos probado. Tomad nota del lugar si os alojáis por allí: +34 Barbacoa. Por cierto, el barrio de San José conserva una iglesia, construida en 1550, muy fotogénica y vimos dos fachadas decoradas con arte urbano que bien merecen una visita.

DÍA 3.

Hoy sí tocaba día de playa. Se lo habíamos prometido a Mario y pasar una mañana en una playa de arena negra no lo hace uno todos los días :-). De entre todas las que ofrece la isla bonita, elegimos la playa de Puerto Naos. Nos habían dicho que disponía de todos los servicios y que era más que recomendada para ir con niños. Imaginad la gente que pudimos encontrar allí un martes de junio a las 10 de la mañana. Un grupo que se preparaba para hacer submarinismo en la zona, un hombre meditando, una mujer paseando y nosotros. El sonido de las olas fue nuestra única banda sonora por unas horas. Creedme si os digo que nunca había disfrutado de estar en una playa tan silenciosa. Luego, fue llegando más gente pero lo de las masificaciones aquí no se estila. Probamos el mojito canario y pasamos, lo que se dice, una mañana playera.

Luego, buscamos un lugar donde comer pescado y lo encontramos bien cerca. En la misma playa se encuentra el restaurante Playa Chica y comer allí fue un placer para todos los sentidos. De nuevo, el sonido del mar y degustamos un pescado y un buen vino de la zona, que fue la guinda del pastel de una mañana en la playa.

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De regreso, nos desviamos un poco de la ruta para subir al Mirador del Time. Fue una parada exprés porque Mario se había dormido y no quisimos despertarle. Pero mereció la pena: Las vistas desde allí son increíbles. Así que después de las fotos de rigor dimos marcha atrás y volvimos a esas carreteras con curvas que ya, parecía, teníamos dominadas 😊.

DÍA 4.

Nuestro cuarto día en la isla ya tenía nombres y apellidos: Parque Nacional Caldera de Taburiente. Habíamos reservado parking hacía unas semanas porque habíamos leído que había un número limitado de plazas. Así que no podríamos improvisar en función del tiempo. Sólo quedaba cruzar los dedos y que nuestra ruta de senderismo estuviera libre de chaparrones.

Antes de subir al parking de la Cumbrecita, paramos en el centro de visitantes y allí, muy amablemente nos aconsejaron un recorrido sencillo para hacer con niños. Se trataba de una ruta circular que pasaba por tres miradores. Así que seguimos su recomendación de parar antes por una Ermita que pillaba de camino (La Ermita del Pino) y, donde se encontraba el pino canario más alto de las islas Canarias. Y después pusimos rumbo a nuestro objetivo del día.

Cuando llegamos allí, de nuevo, nos encontramos un lugar sin masificaciones y digno de una postal. Había un banco colocado estratégicamente para retratar el momento. Así que me imagino que los atardeceres allí deben ser de 10. Comenzamos a caminar después de asegurarnos que era el recorrido correcto y disfrutamos de un paseo rodeado de pinos canarios, escuchando el trinar de los pájaros y el de nuestro pequeño acompañante, jajaja. Tanto el segundo como el tercer mirador no nos parecieron tan espectaculares como el de la Cumbrecita, pero disfrutamos tanto de la ruta que fue lo de menos. Tengo que decir que, apenas, nos cruzamos con gente y que tal y como había indicado la guía es un camino sencillo para hacer con niños. Obvio el tema de mis vértigos. Por muy sencillo que sea una ruta, si hay un sendero estrecho y algo de altura, para mí siempre será un reto más que superar, jajajaj.

Y después del paseo, el cuerpo nos pedía calorías y nos dirigimos a Los Llanos, (ay los Llanos….). No sé por qué me dio por buscar en Google maps Los Llanos de Ariadne en lugar de los Llanos. Y bueno, dimos alguna que otra vuelta absurda hasta que descubrimos que estaba equivocada 😉

Aparcamos en el parking del centro y fuimos a la búsqueda de un restaurante italiano que nos habían recomendado. Cuando llegamos allí, era temprano y lo tenían todo completo, pero los camareros se desvivieron por buscarnos una mesa para tres y después de pasar algo de calor en la espera nos colocaron en un portal cubierto donde comimos prácticamente solos hasta que comenzaron a llegar el resto de clientes. El restaurante se llama el Geco Libero y ¿qué decir de su pasta? Deliciosa. No entendíamos como un día de diario podría haber tantas reservas pero después vimos que el 90% eran estudiantes de bachillerato que celebraban su último día de clases 😉.

Cuando terminamos de comer paseamos por el centro de este precioso pueblo. Sus casas indianas son de lo más fotogénicas y nos dejó con ganas de más. Pero estábamos agotados y necesitábamos volver a casa a descansar y reponer fuerzas para la tarde.

Santa Cruz de la Palma se encontraba a muy pocos kilómetros de nuestro alojamiento y teníamos muchas ganas de conocer su casco histórico. Además, era San Juan y suponíamos que habría alguna celebración, pero discreta, estando en pandemia. Aparcamos en un parking gratuito cerca del puerto y anduvimos por el paseo marítimo hasta encontrarnos con los balcones de la Avenida Marítima. Ni que decir tiene, que su arquitectura no deja indiferente a nadie y más si sabemos que se trata de unas construcciones exclusivas de la Isla. Su fachada principal se encuentra en las calles O’Daly y Pérez de Brito así que luego daríamos la vuelta para admirarlas desde el otro lado. Fuimos hasta el final del paseo y giramos hasta el museo Naval que se encuentra en un barco en forma de galeón. Nos pareció que estaba cerrado aunque nuestra intención, en ese momento, no era entrar. Desde allí, volvimos rumbo al Sur y nos adentramos en las calles del centro. Acababan de echar el cierre en la mayoría de los establecimientos y apenas encontramos gente. El ambiente de la festividad de San Juan que buscábamos brillaba por su ausencia. Quizás fue la hora que escogimos para conocer la capital de la Isla. Buscamos algún lugar para sentarnos y tomar algo rápido pero no vimos nada que se adaptara a lo que buscábamos y decidimos volver al apartamento y cenar desde allí.

DÍA 5.

Hoy sí que sí, teníamos que conocer el Bosque de los Tilos. Los días en la isla iban llegando a su fin y lo habíamos postpuesto demasiado por las amenazas de lluvias de los días anteriores. Así que madrugamos y llegamos la primera reserva de la Biosfera de la isla muy temprano. Tanto, que pudimos dejar el coche en el centro de visitantes. Y cuando salimos, nos saludó un maravilloso trinar de pájaros característicos de la zona (lo siento, no recuerdo el nombre que nos dio el guía 😉). Allí, nos encontramos con un punto de información ambiental, y salas de exposición donde poder aprender un poco más acerca de este magnífico bosque de laurisilva. Además, en la entrada hay una maqueta topográfica donde podrás ubicarte y descubrir la grandeza del lugar. El guía nos indicó el camino hacia la cascada, que se encontraba a muy pocos metros de allí y también nos recomendó un sendero hacia el mirador del Espigón Atravesado.

En la primera ruta nos encontramos con unos canales repletos de agua y, una vez atravesamos un túnel, nos encontramos con una cascada que parecía sacada de un cuento de hadas. Había muy poca gente y pudimos acercarnos un poco más para contemplar la caída hipnótica del agua. Volvimos sobre nuestros pasos porque la siguiente ruta prometía y nos esperaban unos cuantos kilómetros hasta el punto más alto. Aquí nos encontramos más gente que en el PN Caldera de Taburiente, pero sinceramente, nada significativo. Llevábamos buen ritmo y Mario aguantó como un campeón. Ayudó bastante que cada ciertos metros nos encontráramos con algún punto donde el folleto que nos dieron en el centro de visitantes explicaba peculiaridades del lugar. El último tramo se hizo más pesado pero teníamos que subir un último tramo de escaleras algo empinadas para coronar nuestra “cumbre”, en el mirador. ¡Objetivo conseguido!

Antes de volver sobre nuestros pasos (esta vez, cuesta abajo), nos tomamos un tentempié y bajamos tan rápido que adelantamos a varios grupos, jajajaj. No hay nada como coger fuerzas con un plátano de Canarias 😉

Comimos como reyes en un restaurante llamado el Canal en San Andrés y Sauces. De nuevo, la gastronomía canaria nos sorprendía con platos deliciosos. Y para bajar la comida, nos dirigimos hacia el Charco Azúl. Google maps se volvió un poco loco con las indicaciones y nos tocó dar media vuelta en medio de una calle estrecha y muy empinada. Así que después del susto inicial de, ¿dónde narices nos hemos metido y cómo salimos de aquí?, volvimos hacia la casilla de salida y ésta vez, nos dio indicaciones decentes por la carretera principal 😊. Cuando llegamos al Charco Azúl, nuestra intención no era bañarnos pero había tan poca gente y hacía una temperatura tan buena que volvimos, cuesta arriba, a nuestro coche (vale, aquí lo de la previsión nos falló, jajaja), cogimos los bañadores y vuelta a bajar. Creo que, con ésto, ya habíamos quemado los judiones que nos zampamos ese día, jajaja. Y bueno, el agua estaba fresquita, pero ¡qué lugar! Hubo un momento que, hasta estuvimos solos en el agua. Luego, vimos a valientes tirarse desde lo alto del charco y Óscar se animó a lanzarse: donde fueres haz lo que vieres. Y cuando decidimos que nuestro momento baño había finalizado, volvimos al coche para buscar el último destino que tenía marcado en mi agenda: la playa de los Nogales.

Mario ya no tenía ganas de más. Nos decía que qué mas daba una playa más, jajajaj. Pero me habían hablado muy bien del lugar para disfrutarlo paseando porque no era apto para el baño. Y bueno, nuestro amigo Google maps, volvió a jugarnos una mala pasada. Nos mando por una calle de la que prefiero no recordar el porcentaje de pendiente y crisis de por medio, abortamos operación Playa de los Nogales.

DÍA 6.

Mario llevaba esperando días ese momento, el momento de montar en un barco y aventurarse a avistar delfines. Creo que es una experiencia que gusta tanto a niños como mayores. Óscar y yo ya lo habíamos hecho en otros viajes y no lo dudamos cuando decidimos venir a la Isla Bonita. Sabíamos que al pequeño le encantaría.

Contratamos una excursión en un yate rápido que también nos llevaría a la costa Noroeste. Tenía ganas de conocer un pequeño pueblo: Poris de Candelaria y vía marítima era la opción menos engorrosa. En coche, no acababa de verlo claro: había muchas opiniones advirtiendo de lo complicado de la carretera y si había otra opción mejor evitar momentos claros de crisis.

En el barco éramos pocos y enseguida cogió velocidad. Error: en el coche me dejé olvidada la manga larga que llevaba preparada para Mario. De camino hacia el puerto se había mareado y el pobre no pudo contener el desayuno así que entre el lío del cambio de ropa y demás, allí se quedó la sudadera que tan preciada era en los momentos de navegación 😊. Por fortuna, había mantas que nos proporcionaron y pudimos salvar la situación, jejeje.

En nuestra primera parada, nos adentramos en la cueva bonita de la que dicen, los pescadores se escondían de ataques piratas y salvaban su vida gracias a sus dos salidas.

Poris de Candelaria no defraudó. El barco no se acercó demasiado, pero pudimos contemplarlo lo suficientemente cerca y quitarme esa espinita de conocerlo

Nuestra intención era bañarnos en el mar, pero estaba nublado y el tiempo no invitaba a sumergirse así que lo dejamos pasar y, después de navegar hacia otro de los pueblos enclavados en las rocas y que parecían recién salidos de los Piratas del Caribe, nos fuimos a buscar de cetáceos. Pero la naturaleza nos tenía reservada una pequeña sorpresa y antes nos encontramos con una tortuga que no tardó en sumergirse al fondo del mar para perderla de vista. Los delfines no tardaron en aparecer. Sólo vimos delfines moteados, pero eran tantos que no dábamos a vasto para mirar hacia ambos lados de la embarcación. Fue un momento precioso y Mario alució con la experiencia.

Cuando terminó nuestra travesía en barco nos fuimos a degustar unas cervezas artesanas en el restaurante Isla Verde. Y desde allí, rumbo al Roque de los Muchachos. Teníamos por delante una carretera con muchas curvas, mucha inclinación y un largo recorrido. Gracias Mario por decidir dormirte y echarte una siesta de Reyes, jajaja. Realmente fue un trayecto muy tedioso que parecía que nunca acabaría. Terminar nuestro recorrido a 2426 metros de altura y tener el WOW del viaje fue nuestro premio.

Allí arriba estaba despejado y teníamos a nuestros pies un manto de nubes que cubría una parte de la Isla. Pero si nuestras miradas se dirigían al Sur Este de la Isla el paisaje no dejaba indiferente a nadie. El Teide coronando la Isla de Tenerife a nuestra izquierda, al frente, la isla de Gomera y algo más allá a la derecha el Hierro. Además, el parque Nacional de los volcanes parecía una maqueta en la que se distinguían claramente cada pico. En fin, una maravilla en todos los sentidos. Anduvimos un poco por allí pero no llevábamos calzado adecuado para alejarnos así que, después de disfrutar de las alturas durante un rato, nos dirigimos a nuestro coche rumbo a la Tierra.

Bajamos por otra carretera en donde las curvas eran bastante menos pronunciadas y el paisaje iba cambiando radicalmente a medida que nos acercábamos al nivel del mar. Aún así, el pequeño se mareó y tuvimos una pequeña crisis 😊.

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Día 7

Después de tanta curva y mareos varios decidimos pasar nuestro último día en la misma playa que habíamos disfrutado días anteriores: Puerto Naos. Así que pasamos un mañana genial descansando y disfrutando del mar. Había bastantes calamares varados en la orilla y se acercaron bastantes locales y hasta la cruz roja para echar un vistazo. Nos comentaron que posiblemente se hubiesen alejado de alta mar huyendo de los atunes y desorientados acabaran allí. Me dio penilla. Eran bastantes, la verdad. Luego, vimos a muchos con bolsa en mano aprovechando la ocasión ya que poco se podía hacer por esos animalitos, o al menos, eso creo.

Y a la tarde, volvimos a Santa Cruz de Tenerife en busca del ambiente que no habíamos encontrado la primera vez que la visitamos. Era la misma hora así que nos encontramos con el mismo plan 😊 y, con las mismas, volvimos a encargar nuestras hamburguesas favoritas para engullirlas en la que era nuestra casa aquellos días.

Y bueno, hasta aquí nuestra aventura en la Isla Bonita. Un lugar muy tranquilo, poco masificado y con muchísimo que ofrecer. ¿A qué estáis esperando para conocerla?

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