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A estas alturas de la película ya sabemos que el 2020 ha sido el año de la improvisación y obviamente nos ha afectado muy directamente.

Así que, después de pasar una semana con mucha incertidumbre acerca de la situación COVID en nuestra ciudad, decidimos adelantar un poco nuestras vacaciones y partir rumbo a Valencia. Nuestra excusa para visitar la capital valenciana era el Oceanográfico, pero no os voy a negar que después de unos meses muy duros, sólo el hecho de ver el mar y pasar unos días descansando en la playa, lo hacía más que apetecible. Óscar lo había visitado hacía relativamente poco en la Marathon de 2018 y me había adelantado que me encontraría una ciudad muy diferente de la que conocimos allá por 2004. Y bueno, después de esta escapada reparadora doy fe de que así fue. ¿Nos acompañáis?

DÍA 1

Habíamos reservado alojamiento en Ramirez Flats. Tienen una situación privilegiada para poder acercarte al centro andando, son relativamente nuevos y su precio es más que competitivo. Así que desde aquí no puedo dejar de recomendarlos.

Llegamos muy pronto, así que después de desayunar, pusimos rumbo a nuestra primera actividad: Pasar medio día bordeando la costa en un catamarán.

Nos creímos muy valientes y pensamos que, andando hacia el puerto, daríamos un paseo agradable porque teníamos tiempo de sobra hasta la hora de encuentro. Pero no nos acordábamos del calor tan diferente del Levante y tampoco tuvimos en cuenta la distancia..Así que a mitad de camino cogimos un taxi que nos llevó cómodamente hasta nuestro destino, 🙂

Y al fin, ¡vimos el Mar! Ya sólo pasear por el entorno de la playa de las Arenas hacia la Marina, nos dio un soplo de aire fresco. Habíamos contratado la excursión con la empresa Mundo Marino y tuvimos que llamarles porque no acabábamos de encontrar la caseta donde hacer el checking con las indicaciones que teníamos. Una vez allí nos tomaron la temperatura y nos explicaron las medidas Covid que habían tomado para que la navegación fuera segura. Fuímos un grupo pequeño y cuando embarcamos comprobamos que pasaríamos un día, libre de agobios en el barco, porque estaba cero masificado.

Salimos del puerto y nos dirigimos rumbo al Norte bordeando las playas de Valencia hasta que pudimos parar frente a la costa para hacer la actividad más divertida del día: ¡Bañarnos en el mar!. Mario no estuvo muy cooperador durante el trayecto, pero cuando se zambulló en el agua, se olvidó de sus quejas y del ¿Cuándo llegamos? para darlo todo. Además, la temperatura del agua estaba ideal y durante un largo rato estuvimos buscando algún resquicio de vida marina y jugando y riéndonos sin parar.

Cuando nos quisimos dar cuenta, nos estaban llamando para comer. Así que después de nuestra primera inmersión paellera de las vacaciones, el catamarán levó anclas y navegamos en un mar en calma relajados, contemplando en bucle el agua bajo las redes y dejando atrás nuestras preocupaciones.

Llegamos al puerto revitalizados y agotados a partes iguales. Así que volvimos al apartamento, que ya estaba listo para recibirnos, a reponer fuerzas para salir a disfrutar de Valencia al atardecer…

El Centro me pareció una ciudad muy distinta de la que conocí 16 años atrás. Paseamos por su casco histórico y callejeamos un poquito descubriendo lugares más que fotogénicos, como su plaza redonda. Fue allí donde decidimos sentarnos a comer. Un italiano con mucho encanto estaba junto a la entrada y la terraza nos pareció más que apetecible para tiempos de Covid.

DÍA 2

Playa. Mario estaba como loco por pisarla y no os voy a negar que a nosotros, sus padres, nos apetecía inmensamente pasar un día en el que nuestra única preocupación fuera ir al chiringuito de turno a pedir algo refrescante o evitar que alguna ola no fuera traicionera cuando nos metiéramos en el agua. Nos acercamos a la playa de la Patacona porque habíamos leído que era muy familiar y relativamente tranquila. Y allí pudimos comprobar que era cierto lo que contaban de ella. Además, alquilamos unas hamacas y así nos asegurábamos sombra y acceso al chiringuito a una distancia prudencial :-). Poco más que añadir de nuestro momento playa y que el resto no conozcáis. También necesitábamos un día así.

Cena en el HardRock. Los que nos conocéis, ya sabéis que si visitamos un lugar donde haya uno, allá que vamos 😉

DÍA 3.

El día anterior habíamos comprado entradas para visitar el Oceanográfico. Madrugamos para no pillar mucha aglomeración, pero aun así nos sorprendió que había más gente de lo esperado. Eso sí, en cuando pasamos la primera parada recomendada del itinerario, seguimos nuestro instinto y visitamos las distintas áreas sin un orden establecido. Éso hizo que apenas nos encontráramos con demasiada gente. Mario descubrió que su animal favorito (el cocodrilo) vivía por allí y hasta que no le vió no se quedó tranquilo, jajaja. Aún así, disfrutó mucho viendo a ‘Mnemo’ y sus amigos y los mayores nos volvimos a enamorar de las Belugas que allí habitan. La visita, en teoría está planificada para 5 horas, pero nosotros somos muy rápidos y en 3 ya habíamos visto y disfrutado de la fauna marina. Sólo nos quedaba la exhibición de delfines, pero el siguiente pase programado iba a hacer que la espera se hiciera algo tediosa. Así que decidimos dar por finalizada nuestra excursión allí.

A la salida paseamos por la Ciudad de las Ciencias y de las Artes y nuevamente volví a quedarme maravillada de la arquitectura de Calatrava, tan odiada por unos y tan querida por otros…Había amanecido nublado así que el paseo por las grandes explanadas fue tranquilo y cómodo. Desde allí, nos dirigimos rumbo a degustar nuestra segunda paella de las vacaciones en la Avenida Neptuno frente a la playa del Arenal. El restaurante se llama Balandret y me lo recomendó mi querida amiga Low de @somestyle. ¡No defraudó! nuestro arroz senioret estaba para chuparse los dedos y comer cerca mar no es algo que unos madrileños puedan hacer todos los días 🙂

La tarde también prometía. Desde que vimos la serie el Embarcadero, estaba deseando conocer la Albufera. Sabíamos que este Parque Natural tiene más que ofrecer aparte de los archiconocidos paseos en barca. Pero para una primera toma de contacto, nos pareció buena idea. Además, ese medio de transporte es éxito asegurado para los pequeños de la casa.

En Tripadvisor localizamos uno de los embarcaderos y, aunque mi idea era ver atardecer en la barca, decidimos no arriesgarnos mucho con el horario. Cuando llegamos a las 19:20 había bastante gente y nos metimos de milagro en la penúltima barca que partía. La salida de las 8 ya estaba completa y previamente reservada. En temporada alta conviene reservar y más, para horas tan solicitadas como el atardecer. Eso no lo sabíamos, así que tuvimos mucha suerte :-).

José, el barquero, se notaba que disfrutaba de su trabajo y dimos un paseo de 40 minutos muy agradable donde aprendimos cosas tan interesantes como que la profundidad de la Albufera no supera los 2 metros o que la pesca allí se pasa de generación en generación. Cuando volvimos a su embarcadero, la barca de las 8 partió y nos quedamos prácticamente solos junto con la familia de José y 4 turistas asiáticos. El lugar y la calma que se respiraba allí era idílico pero el atardecer que tuvimos no tanto porque había bastantes nubes bajas. Aún así, disfrutamos de unos momentos únicos, a pesar de tener que pedir a nuestros acompañantes asiáticos que dejaran por un momento su sesión de fotos, porque tenían acaparado el embarcadero como photocall 🙂

DÍA 4.

Volvimos a la playa. Sabíamos que en lo que quedaba de verano no íbamos a tener otra oportunidad para descansar en una tumbona, así que no lo dudamos y claro, Mario ¡encantado!. Por la tarde, paseamos y descubrimos el Mercado de Colón y sus alrededores. Disfrutamos paseando por sus calles y edificios señoriales, nos tomamos unas cervezas en las Cervezas del Mercado, que tiene tanta variedad de este líquido elemento que nunca acabas de decidir cual degustar, jajaj.  Luego, volvimos al Casco histórico para cenar de picoteo en la plaza de Santa Catalina y hacernos unas fotos en la que fue la casa más estrecha de Europa o, al menos, eso dicen 😉.

Y aquí dimos por finalizada nuestra primera parada de las vacaciones. Nuestro siguiente destino iba a ser completamente distinto: ¡El Norte de Navarra nos esperaba!

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